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Guardaré en un cajón sin llave tus primeras dos preguntas para revisarlas todas las mañanas y tratar de encontrar respuestas, y las tomaré como un pretexto para decirte otras cosas. Trazaré entonces sobre un papel algo más que líneas y muñecos difusos, y entre hoja y hoja escribiré que ya no creo en los egos mediocres ni en las mezquindades, esa palabra que pronuncias con tanta rabia, y que quiero hacerles reverencia a los egos inmensos, a los egos inmortales, a los egos de aquellos que lograron hacer su obra sin pisotear a nadie, sin clavar cuchillos, sin atajos, a esos egos, en fin, que le apostaron a la inmortalidad, desechando los placeres del acá. Si puedo, guardaré esas hojas y esos egos, por supuesto, con tinta indeleble, justo al lado de tus preguntas.
Guardaré al lado de un lápiz tu última pregunta también, esa que jamás te responderé, y en cambio, a modo de trueque, te contestaré por escrito con ese lápiz que tampoco creo en las inspiraciones de las que tanto hablabas la otra tarde, ni en nada por el estilo. Creo en el hacer, aunque creamos equivocarnos a veces, y creo que las equivocaciones no son una derrota sino una victoria, pues todo hace parte del camino, y las derrotas y las victorias, créeme, son determinadas por un alguien, porque en esencia no hay un ganar ni un perder. Creo en el buscar, creo en el luchar, creo en el sentarme a escribir todas las noches, por ejemplo, aunque no me salga una sola frase coherente, y aunque tenga que volver a empezar y volver a empezar una y mil veces, porque si de algo estoy seguro es de que una palabra me llevará a otra palabra y, por fin, a una frase.
Guardaré tu mirada inquisitiva y la interpretaré como la señal de que jamás dejarás de hacerme preguntas, y pese a mis no respuestas, te diré que tampoco creo en las intuiciones, así que no me acuses de estar intuyéndote. No creo ni en tus intuiciones ni en las mías, pues las intuiciones son reacciones a algo que vivimos alguna vez, a algo que nos marcó, aunque no lo recordemos. Yo no quiero intuir, quiero saber, por ejemplo, cuál fue el pequeño detalle que te empezó a llevar por el rumbo que tomaste en tu vida. Cuál fue esa frase, esa canción, esa película, esa imagen, y cómo aquel primer paso te llevó a un segundo paso, como con las palabras de las que te hablaba antes. No quiero intuir que el leve temblor de tus manos la última vez que nos vimos fue porque te miré de arriba abajo. Prefiero saber que mi mirada te perturba, aunque nunca seré capaz de preguntarte por qué.