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Para ser grandes lectores se necesitan dos cosas: buenos amigos y estar enamorados.
Tengo un amigo que tiene una particular costumbre, diferente a la de muchos lectores que conozco: marca los libros con el lugar y la fecha del momento en que terminó de leerlos. En varias oportunidades le he dicho que su biblioteca, a pesar de estar ordenada alfabéticamente, siempre está en desorden. No porque Nabokov estuviera junto a Javier Marías, o Antonio Caballero en el filo de la biblioteca, sino porque deberían estar organizados cronológicamente. De manera que si algún día pierde la memoria, pueda reconstruir la totalidad de su vida palpando con sus manos el recuerdo de sus lecturas pasadas.
En una celebración de cumpleaños, un amigo llegó con un regalo envuelto con esmero, por su forma se notaba que era un libro. Lo abrí sin mayor expectativa. No pude ocultar mi asombro, era un libro que hacía tiempo había dado por perdido. Tardé unos segundos en comprender la situación. Entonces me dijo: “Feliz cumpleaños, poeta. Esto es una muestra de amistad. Hace meses me llevé este libro de su casa y esperé hasta su cumpleaños para devolvérselo. Dudo que alguien le haya dado un regalo que usted aprecie tanto como volver a tener en sus manos algo que usted aprecia y había dado por perdido”.
A los doce años leí, por primera vez, un libro fuera del plan lector del colegio y lo hice por amor. No a la literatura, sino a la amiga de una vecina del frente de mi casa. Yo tenía muchas ganas de hablar con ella, pero no sabía de qué. Ella dijo que volvería al día siguiente para hacer una tarea sobre un libro: La metamorfosis, de Kafka. Yo, que en ese momento habría jurado conocer la obra completa de Balzac, dije que lo había leído y me gustaba mucho, que por supuesto les ayudaba. Lo leí entre esa noche y la mañana siguiente, durante las clases y los recreos. Esa tarde ella y la vecina del frente decidieron hacer la tarea por separado. Me quedé mirando toda la tarde por la ventana, con el libro en la mano, esperando a que ella llegara. Siempre he creído que algún día le ayudaré a terminar esa tarea.
Comprendí esta relación entre el amor y los libros muchos años después, en las primeras páginas de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. En ese interminable juego de casualidades que permitió que Tomás y Teresa se encontraran, la más importante fue un libro: “El libro era para Teresa la contraseña de una hermandad secreta”. Si Tomás no hubiera llevado aquel libro, Teresa jamás se habría fijado en él.
Todos tenemos historias que se mezclan con los recuerdos de lecturas pasadas, haciendo confusa la frontera entre lo vivido y lo leído. “Esto lo había tocado mañana”, dice Jhonny Carter, el famoso personaje de El perseguidor de Cortázar. Muchos podríamos decir “eso lo había leído mañana”, pues se nos confunden lecturas y libros, el tiempo y la vida.
En Barcelona, cada 23 de abril, la ciudad se llena de rosas y de literatura. Por una bella tradición catalana, el día de los libros se junta con el día de San Jorge, santo patrón de la ciudad. La gente anda con un puñado de rosas y va por la calle intercambiándolas por libros y viceversa. Ese día el amor se pasea en forma de verso por la ciudad y cabe en el pétalo de una rosa.
Así, los libros nos acompañan durante toda la vida, como una banda sonora que nunca termina.
Coda: en la feria del Libro de Bogotá este año la Policía Nacional intentó unirse a la promoción de lectura y adecuó una tanqueta del ESMAD intentando convertirla en biblioteca: La Bibliotanqueta. Es interesante que esta institución intente promover la lectura, pero hacerlo de esa manera me recuerda a esos padres, que para castigar a su hijo lo obligan a leer en su cuarto.