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Los tiempos cambian y quienes intentan frenar el movimiento perpetuo de los hechos van siempre en contravía de la historia. Por eso creo que a los no-nativos digitales nos corresponde dar la bienvenida a los youtubers, nuevo fenómeno de masas que nos cuesta entender a quienes pasamos de 40.
Llegaron de la mano de Internet, de las redes sociales y de la cultura de la imagen que han impuesto desde las pantallas los jóvenes que no conocen otra manera para relacionarse con el mundo. Lo que no se ve en pixeles no existe en la cultura de hoy. Lo que no se convierte en una fotografía en Instagram o en un meme para compartir en Facebook o en Twitter, no vale la pena.
Los amores, los amigos, los negocios, la opinión —sobre todo la opinión— se viven en las pantallas, se llevan en el bolsillo, se consultan 24 horas, se tienen bajo la almohada, en el salón de clases o en el cine. El boom de la hiperconexión, que a los más adultos nos agrede porque estamos acostumbrados a tener de tanto en tanto ciertos tiempos de introspección y soledad, es lo que prima en este siglo.
No es extraño entonces que lleguen también por las pantallas los nuevos ídolos, los referentes de una generación. Llegan pisando duro, con irreverencia y desparpajo, como suelen hacerlo los más jóvenes. Es una suerte que eso sea así. Retar lo establecido, cuestionar lo que se da por sentado y abrir caminos es y debe seguir siendo el mayor aporte de las generaciones que van reclamando su papel en las sociedades. ¡Cuánto hubiera perdido el mundo si los de nuestra generación y los de aquellas que nos precedieron hubiéramos respetado todo lo que nos daban como tradición inamovible!
Por el “irrespeto” de las que fueron en otras épocas las generaciones contestatarias se empezó a hablar de liberación femenina, de igualdad de razas, de orgullo gay.
Gracias a esa capacidad de transgredir, el mundo evoluciona, se transforma. Los que hemos cruzado ya más de la mitad de la vida, tenemos la tentación de señalar que todo tiempo pasado fue mejor y que algo de lo bueno se va perdiendo porque en “nuestras épocas era distinto”. Se nos olvida que esta también es nuestra época, la que ayudamos a construir para bien o para mal, y se nos olvida que estamos llamados a entregar la antorcha a quienes deben liderar lo que viene, en este caso, esos jóvenes que se comunican vía chat, con videos y selfis. Son los hijos de la revolución digital que vienen empujando fuerte con otra manera de entenderlo todo.
Nosotros de lectura en papel, ellos en pantalla. Nosotros preocupados por la gramática, ellos por la rapidez antes que la precisión. Nosotros cuidando la vida privada, ellos revelando los secretos, su intimidad. Nosotros hablando de política, ellos de medio ambiente. Nosotros haciendo amigos en parques y centros comerciales, ellos en la web. Nosotros concentrados, ellos multitask. Unos y otros en cada momento buscando el sentido de la vida.
El tiempo se encargará de decantar como lo hizo en su momento con los hippies, con la generación del 68, con los ochenteros de la cultura disco. ¿Qué tanto de lo nuevo se quedará anclado para el futuro y qué tanto será moda pasajera? Difícil saberlo hoy, pero cuando un youtuber es la noticia más importante en una Feria del Libro, algo de revolución se siente en el ambiente. Como dijo el colega Juan Manuel Ruiz en una columna sobre el joven Germán Garmendia y la locura que desató en Corferias: “…muchos recibimos este fin de semana una amable cachetada-de-despertar de parte de quienes ya son una manifestación social y tendrán —como ya tienen— enorme relevancia en el mundo de hoy…”.
Por mi parte apenas digo: bienvenidos los youtubers aunque no acabe de entenderlos. Mis mayores tampoco me entendían cuando tenía 20.