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La paz quizás abrirá espacio para nuevas élites. Esto no es una panacea, pero puede ser bueno para el país en este momento.
Un aspecto común de los despegues económicos es la posibilidad de movilizar los recursos de un país (trabajo, capital, tierra) de sectores de baja productividad hacia actividades de alta productividad. Estos nuevos sectores deben ser, además, capaces de contratar a muchos trabajadores; por ejemplo, a través de agro-industrialización.
Cuando ese cambio ocurre, aparecen élites modernas, una clase media creciente, y se demandan y construyen nuevas instituciones que sustituyen a las que defienden los intereses de aquellos que, sin hacer mucho, se llevan una buena tajada del ingreso nacional: pan de cada día en las sociedades de carácter más feudal.
Ese tipo de despegue ocurrió en la revolución industrial inglesa. También, cien años después, en la revolución industrial americana. Y cien años más tarde, en Japón y en países del sudeste asiático. Más recientemente, está ocurriendo en China.
Por supuesto, estas transiciones no son fáciles y son costosas, tanto en lo político como en lo económico. Y mientras más fuertes sean las élites pre-modernas, la transformación enfrentará obstáculos mayores.
Infortunadamente, no hay receta mágica. Pasadas un par de décadas siguiendo el Consenso de Washington, por ejemplo, Colombia tiene hoy mucho de una llamada estabilidad macroeconómica que no activa el despegue. Continúa su alta dependencia de lo que ocurre en los mercados de las economías avanzadas, de los vaivenes de los precios internacionales de las materias primas y de los anuncios que haga la Reserva Federal de Estados Unidos sobre sus tasas de interés.
Si hace 30 años el país vivía pendiente de las noticias sobre posibles heladas en Brasil para saber cómo iría nuestra economía, ahora está atento de los posibles acuerdos de la OPEP en Doha: distintos productos, la misma dependencia.
Hay razones hoy, sin embargo, para esperar cambios positivos de rumbo. Los acuerdos de paz pondrán fin a un desgaste innecesario de recursos por cuenta de las actividades destructivas. Las élites modernas tendrán la oportunidad de superar mejor las fricciones para adelantar su emprendimiento e innovación tecnológica. Habrá mayor competencia empresarial. Esto puede ser bueno para esas nuevas élites y para los más pobres: una situación en la que todos ganan. Casi todos. No, por supuesto, los más beneficiados de la debilidad institucional actual.
Alguien menos optimista me advirtió que el fortalecimiento de algunos grupos de élite, resultado de las negociaciones, podría revertir los avances sociales que en parte llevaron a la negociación. Y en este caso, la aparición de otros grupos empresariales modernos sería flor de un día. No creo y espero que él no tenga la razón.
* El autor es el Director del Departamento de Economía de la Universidad Javeriana