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Un lamento de poeta

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Al recibir el Premio Cervantes, galardón máximo de las letras españolas, el escritor mexicano Fernando del Paso dijo que las cosas no han cambiado en México sino para empeorar.

Desde su silla de ruedas, que le sirve para moverse por el mundo después de más de 15 cirugías y varios accidentes cerebrales que le han afectado el movimiento pero no el entendimiento, el autor de “José Trigo”, “Palinuro de México”, “Noticias del Imperio” y “La muerte se va a Granada” dijo que en su país “continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, los abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo”.

Las cosas no han cambiado, explicó, desde que hace un año recibió el Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia Literaria, cuando se lamentó reiteradamente por el deterioro de muchos aspectos de la vida mexicana. Entonces se preguntó “¿a qué horas se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo costó a otros construir y sostener?” y recordó que “la patria no es posesión de unos cuantos… que pertenece a todos sus hijos por igual… que “no parece llegar el día de los pobres porque el Apocalipsis tiene que dar paso a varios comerciales…”. Se quejó además con malestar por el peso de la corrupción y el crimen, lo mismo que por los miles de desaparecidos, y preguntó por “el proyecto de país que tienen quienes dicen gobernarlo”.

Volviendo a su discurso del sábado pasado en Alcalá de Henares, el maestro del Paso protestó con la misma vehemencia en contra de la llamada Ley Atenco, que considera opresora porque “habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas”. Entonces denunció que esa Ley “pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir”.

¿Cómo entender que un intelectual de su talla se queje, en el lugar y en la ocasión en que lo hizo, por el avance de la criminalidad, pero al tiempo proteste con la misma fuerza en contra de las severas medidas puestas en manos de las autoridades para contrarrestarla? ¿Podría pensarse que se trata de una de las contradicciones de un escritor que, como lo comentó en su discurso, es zurdo pero escribe con la mano derecha porque cuando era niño unas profesoras, que se habrían anticipado a la represión de la Ley Atenco, le pegaban “reglazos” en la palma de su mano izquierda cuando pretendía usarla para escribir, siguiendo su inclinación natural?

El ministro en funciones para la Cultura de España atinó a responder parcialmente a los anteriores interrogantes al decir minutos antes, dentro de la misma ceremonia, que “la memoria y la literatura son elementos esenciales para testimoniar las luchas humanas”. Y eso fue lo que hizo precisamente el poeta, no para salir del paso sino para ejercer con entusiasmo esa tarea. No tomó partido por una u otra solución a ninguna de las dos fuentes de afrenta a la sociedad y a la democracia. Eso les corresponde a los gobernantes. Tomó partido más bien por la libertad y el respeto a la gente. Protestó y previno en contra de los abusos que terminan por ofender la decencia pública y el bien colectivo, sea que tengan como fuente la delincuencia o el Estado.

En lugar de fungir a favor de causas menores, cosa que también es válida porque a ello tienen derecho, algunos miembros de la sociedad, y particularmente los escritores, pueden ejercer el privilegio de elevarse suficientemente para obrar como oráculos, créanles o no, y denunciar los males que, después de su experiencia en el conocimiento del laberinto del espíritu de su pueblo, deban ser advertidos, evitados o corregidos a tiempo. No hay que esperar necesariamente de ellos respuestas a los problemas que plantean. Es al Estado y a la sociedad a quienes corresponde reaccionar. Si se quedan callados, terminan por propiciar el reino del silencio, que fortalece el desgaste de los valores democráticos y republicanos, porque con ello permiten que la delincuencia y uno que otro agente vicioso del Estado obren a sus anchas y actúen o se equivoquen impunemente, ante una sociedad aterrada que de vez en cuando tiene que apelar a sus poetas para que le iluminen el alma y también la razón en medio de la oscuridad. Como debería suceder aquí entre nosotros, si hay quien reclame, y quien pueda denunciar a todos por igual, con autoridad.

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