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Falta la decisión que debe tomar (y a la que, por cierto, se adelantaron con el comunicado) la Comisión Ética del partido. Son expulsados, como dice el mensaje oficial, por haber “expresado sus afinidades con otras banderas, su rechazo a (la) organización y el desconocimiento a sus instancias directivas del partido. Que sus decisiones estimularon el transfuguismo entre sus seguidores y las alianzas con otros partidos y movimientos opuestos al Polo y a su ideario de unidad”.
Los senadores implicados, por su parte, se han opuesto tajantemente a la decisión del Comité Ejecutivo y han hecho declaraciones públicas que desvelan mucho más la profunda crisis que experimenta el partido. Dicen que la renuncia es un tema voluntario y que, si bien han manifestado en varias ocasiones que quieren salir del partido, no lo han hecho por medio de una renuncia formal. Pero van más allá, como Camilo Romero, quien planteó que “hay sectores que decidieron hegemonizar el Polo y lo han llevado hasta el ridículo”.
Tal vez no al ridículo, pensamos, pero sí a una disminución y debilitamiento paulatino, que lo hicieron pasar, en tan sólo tres años, de la cifra impresionante de 915.000 votos en la capital a la ínfima de 32.000 que recibió Aurelio Suárez el pasado 30 de octubre. Y no sólo ha perdido votos; también a sus caras más visibles. A Petro, quien encabeza el más reciente dolor de cabeza del partido con la creación de Progresistas; al concejal más votado, Carlos Vicente de Roux, también con ese nuevo partido; a ‘Lucho’ Garzón, el exalcalde y disidente que también tiene partido propio, y ahora a estos tres, quienes siguen en el Senado, porque conservan sus curules mientras el Consejo de Estado no falle por la posible demanda de doble militancia, y seguirán votando, debatiendo y actuando por su cuenta.
Deplorable que la izquierda colombiana —como lo dijimos en este mismo espacio hace un tiempo— ya no sufra los golpes terribles de la extrema derecha, que eliminaron sistemáticamente a sus líderes en décadas pasadas, sino que, por su propia mano, se esté sacando a sí misma de la escena política por las riñas de sus miembros. Lo del Polo es un suicidio. El puntillazo final lo están dando estas decisiones.
Llegó la hora de cambiar. Los gobiernos no pueden ser una rueda suelta sin que nadie se oponga a su paso. Y eso es lo que, justamente, está sucediendo en nuestro escenario nacional con el lento derretimiento del Polo. Ya no se ven esos grandes debates que durante el período de Uribe dieron notables senadores como Carlos Gaviria, Gustavo Petro o Jorge Enrique Robledo. Lo que ahora manda es la ventilación pública de sus problemas: Samuel e Iván Moreno, la renuncia de algunos de sus notables, la cuestionada dirigencia, entre otros. Sus temas bandera, así mismo, se están deslizando hacia otros sectores de la política.
El Polo nació de una unión de fuerzas distintas de izquierda y muchos analistas predijeron esta debacle. Pero aún puede salvarse y, también, salvar el elemento fundamental de la democracia que es el debate y la discusión de ideas en los escenarios públicos. Si bien el partido Progresistas del alcalde electo de Bogotá, Gustavo Petro, tiene elementos de izquierda (y miembros del Polo mucho más afines con sus líneas), el Polo representa una izquierda mucho más alejada del centro. Y eso es fundamental. Ojalá sepan, para el otro año, purgar esa especie de desdicha que llevan a cuestas y volver a ser una opción real contrapuesta al unanimismo de la unidad nacional. Sería muy sano.