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Desde una perspectiva netamente política, se anuncian pasos hacia un acuerdo global para el futuro: China —el mayor emisor— y la India accedieron a unirse a las negociaciones, mientras EE.UU. —el segundo emisor— acogió la “hoja de ruta” de la Unión Europea. Para algunos resulta un éxito que el Protocolo de Kioto no haya muerto, pese a que el mundo ya no sea el mismo después de 12 años desde su aprobación.
Frente a la conferencia hay opiniones divididas. Los políticos, por un lado, ofrecen un poco de esperanza, pues en Sudáfrica las negociaciones no colapsaron. Los activistas, por el otro, denunciaron un rotundo fracaso debido a que los países que más emiten gases de efecto invernadero evadieron, una vez más, sus responsabilidades. El problema de fondo, que tiene que ver con el bajísimo perfil que le dieron los medios a tan crucial asunto, podría estar en el divorcio entre la ciencia y la cultura.
¿Qué dice la ciencia? En el escenario actual (aplazamiento del control de emisiones), los científicos ven un mundo que entra en la trayectoria de aumento de la temperatura hacia los dos grados centígrados. Escenario desalentador, pues en la mayoría de la superficie del planeta el cambio se manifestaría muy por debajo o muy por encima de este valor promedio. La certeza viene acompañada de mucha incertidumbre, en especial sobre el comportamiento de la lluvia y la magnitud de las consecuencias del trastorno climático en los sistemas ecológicos y sociales.
Al parecer, la mayor certeza es que nos acercamos a un punto sin retorno. Se están desafiando los umbrales de la seguridad planetaria. Algo de esto ya lo estamos viviendo. El Fondo Verde para el Clima sigue siendo una promesa, mientras una parte creciente del PIB está ya compuesta no por generación de riqueza, sino por la inversión para la atención a los desastres desencadenados por el sistema climático alterado.
¿Por qué si la ciencia se ha pronunciado, nadie parece estar escuchando? Porque de la ciencia acogemos rápidamente sus productos tecnológicos, pero no una visión del mundo a partir de las certezas del conocimiento. Hay todavía países que cuando los científicos dicen lo que saben los tildan de ideológicos o ambientalistas.
Las decepciones, desde Copenhague hasta Durban, pasando por Cancún, son el fracaso del sistema de Naciones Unidas, creado para otra cosa y en donde la capacidad de veto —entre ellos la calificada de algunos de los más contaminadores— es un mecanismo perverso que bloquea los obligados consensos. Hace rato que de las Naciones Unidas sólo salen declaraciones de buena voluntad, como la llamada “plataforma de Durban”, que no tardan en devaluarse, como la esperanza de unos nuevos EE.UU. para el mundo que llevó Obama a Copenhague.
El fracaso es además de gobernabilidad, pues en los 12 años de vigencia de Kioto las emisiones de gases de efecto invernadero alcanzaron su pico más alto. Pero es también de legitimidad, pues los países que en Durban anunciaron su retiro —bajo la perspectiva de los observadores—, lo hicieron para no asumir las consecuencias de su inacción.
El sistema político parece amarrado al corto ciclo electoral, para resolver otros temas que aparecen como más importantes. Las conversaciones de Durban se dan simultáneamente con la quiebra financiera de los viejos ricos y la imparable carrera al crecimiento económico de los nuevos. La esperanza queda no en los gobiernos, sino en su base social. En un nuevo pacto global, basado en el reconocimiento político de nuestra interdependencia planetaria, que no es ya sólo ambiental, sino ecológico-económica. La sociedad civil debe tomarse el planeta.