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La ciencia detrás de la ficción

Más allá de ser uno de los escritores más populares de ciencia ficción, el doctor en química dedicó buena parte de su vida a la divulgación científica. Por eso sus predicciones de hace 50 años fueron tan acertadas.

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Grandes héroes, la última película de Disney que ha dejado boquiabierto a más de uno, es lo que es gracias a un científico y escritor que murió hace más de dos décadas, llamado Isaac Asimov. Baymax, ese robot regordete y bonachón tan bien recibido por las audiencias, no es más que la versión sofisticada de unas reglas que este Ph.D. en química y profesor de la Universidad de Boston inventó hace 72 años.

Sus “tres leyes de la robótica”, que le han dado la vuelta el mundo, aparecieron también en 1976 cuando Asimov publicó uno de sus cuentos favoritos: El hombre bicentenario. El relato arrancaba enunciando esas normas que desde entonces guiarían los argumentos de casi todas las películas donde aparecen estas máquinas. De hecho, él, nacido en Rusia pero criado en Estados Unidos, fue el responsable de la robótica, ese término con el que pretendía definir las nuevas tecnologías y que atravesó nuestra cotidianidad.

Hace unos días algunos medios recordaban a Asimov luego de que el 2 de enero se cumpliesen 95 años de su nacimiento. Celebraban que quien para muchos fue uno de los grandes genios de la ciencia ficción hubiese tenido tanto tino a la hora de imaginar el futuro. Era, decían algunos, una especie de Julio Verne del siglo XX, aunque tal vez más preciso y acertado.

Incluso, varios portales rememoraban el documento que Asimov publicó en el New York Times en 1964 en el que imaginaba cómo sería el mundo 50 años después. Entonces, bajo el título de “Visita a la Feria Mundial de 2014”, se había lanzado a hacer un listado de 50 profecías científicas. Y pese a que el 40% de lo que dijo no está ni cerca de cumplirse, acertó en varios pronósticos. Ejemplos: “los robots no serán muy comunes pero existirán; las comunicaciones serán vista-oído y podrás oír a la persona que llames (además la pantalla servirá para estudiar documentos); habrá ventanas polarizadas para bloquear la luz; sólo naves sin tripulación habrán llegado a Marte o se diseñarán vehículos con cerebros robóticos”.

Pero el hecho de que fuese tan atinado en sus relatos de ficción tenía su razón de ser. Más allá de ser un prolífico escritor que publicó unos 500 libros, que vendió millones de copias y que incluso ganó con la serie Fundación el prestigioso premio Hugo a la mejor serie de ciencia ficción de todos los tiempos, Asimov era un hombre de ciencia. 

De escritor a divulgador científico

El pasado 18 de diciembre Arthur Obermayer, Ph.D. en química, fundador de Moleculon Research Corporation y asesor en temas tecnológicos de organizaciones y gobiernos, escribió una entrada en el MIT Technology Review (una revista del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts) llamada “Lluvia de ideas con Isaac Asimov”. En ella recordaba la vez que a finales de los cincuenta la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de las Fuerzas Militares de EE.UU. los convocó, a él y a otros dos científicos, para que les ayudaran a pensar maneras de proteger al país de los misiles balísticos.

Lo primero que se lo ocurrió, cuenta Obermayer, fue llamar a su amigo Isaac Asimov, por entonces profesor de química de la Universidad de Boston y ya reconocido escritor de ficción. Aunque propuso algunas buenas ideas, tuvo que suspender su participación luego de que le advirtieran que accedería a información clasificada. Eso, dijo, limitaba sus propósitos literarios.

Pero si bien esa contrariedad entre sus compromisos científicos a veces rayaba con su oficio de escritor, Asimov no paró de hacer ciencia. En la introducción de ¿Hay alguien ahí?, un ensayo sobre la posibilidad de vida fuera de nuestro planeta, lo deja claro: “hubo una época en que yo mismo me pregunté si resultarían compatibles una carrera académica y una reputación como autor de ciencia ficción (…). Pensé que sería mejor usar un seudónimo”.
Sin embargo, utilizar su nombre real en ambos campos le permitió ser una clave a la hora de acercar a los lectores a la ciencia. Sus títulos en esa rama (que mal contados son más de treinta) van desde Breve historia de la química, Fotosíntesis e Historia del telescopio, hasta El código genético, El secreto del universo y La receta del tiranosaurio. Incluso, en 1965 la prestigiosa revista Science Digest le propuso hacer una nueva sección titulada “Please Explain”, para resolver las preguntas de los lectores.

De los casi diez años que estuvo en esa labor salió el libro 100 preguntas básicas sobre ciencia, un manual que resuelve de forma simplísima muchas dudas sobre variados temas. Al final, la sección pasó a llamarse “Isaac Asimov Explains”.

El gran salto

Aunque hoy el reconocimiento de Asimov no sea tan amplio, en algún momento quisieron inmortalizarlo cuando le pusieron su nombre a un nuevo asteroide: 5020 Asimov. Lo hicieron en 1981, once años antes de que muriera de sida, virus que adquirió luego de una transfusión sanguínea durante una operación de bypass.

Sin embargo, ahora está a punto de dar un gran salto. Como se supo en noviembre, su serie de novelas Fundación (de la que Paul Krugman, premio nobel de economía en 2008, dijo que era la obra que más había influido en él por ser la más acertada comprensión de la sociedad) será adaptada a la televisión por HBO y Warner. El guionista y productor va a ser nada menos que Jonathan Nolan, el mismo que se ingenió el libreto de la aclamada Interestelar.

ssilva@elespectador.com

@SergioSilva03

Sergio Silva Numa

Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar. SergioSilva03 ssilva@elespectador.com

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