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La historia dice que, en las dos finales que han disputado, Once Caldas ha vencido a Júnior. Primero en 2003, cuando el cuadro caldense derrotó a los rojiblancos en Manizales y ganó su segunda estrella, y luego en 2009, con la tercera consagración de los blancos.
Sin embargo, la historia también dice que José Eugenio Hernández, ahora técnico del cuadro barranquillero, ganó su primer título colombiano en 1998, precisamente ante Caldas.
Después, en 2009, se retiró del fútbol. Dirigía al Cali. Y el detonante fue, también coincidencialmente, un partido frente a los tiburones. Dos años después, el bogotano volvió al fútbol. Y decidió hacerlo —tal vez para completar la simetría de esas coincidencias— en Júnior. En su primera rueda de prensa afirmó que fue a Barranquilla para ser campeón. “Es mi convicción”, diría después. “Desde que llegué, desde que contacté con este grupo, ese es mi sentimiento. Por como me he sentido acá, lo voy a luchar”.
Luchar, intentar. El estratega no habla con arrogancia, sino con convicción. Cuando perdía 3-0 con Millonarios, en la semifinal, hablaba de eso, justamente: lo vamos a intentar, lo vamos a luchar. No como quien supone, obstinado, que alcanzará el objetivo, sino como el que da lo mejor de sí para lograrlo.
Y Hernández lo buscará. Ya se sabe que es un bogotano raro, que nunca supo asimilar el frío, la ruana y la cobija. Viviendo desde hace 20 años en Cali, forjó una carrera que lo llevó a un subcampeonato de Copa Libertadores (1999) y a ser asistente técnico de una selección de Colombia, cuando Jorge Luis Pinto —quien después le ofrecería el cargo en Júnior— estaba al frente.
Al retirarse, un par de años atrás, tuvo tiempo para pensar, para meditar, para orar, para mejorar su relación con Dios. Al margen de eso, nunca se desactualizó. Por el contario, se mantuvo al tanto, y volvió renovado, con más ganas.
Dirigir a Júnior era un reto, desde luego, pero también un placer: el de estar en una ciudad cálida, que lo acogió desde el principio. En rigor, se podría decir que Barranquilla fue fundamental para decidir venir, que el Caribe, el calor y su gente lo sedujeron.
Encontró un grupo armado, que se sorprendió cuando vio que él no era Pinto sino José Eugenio Hernández, pero que también se abrió a la camaradería. Algo que sucedió, en buena parte, porque el bogotano habla un lenguaje sencillo, que llega directo.
Recurrió a la memoria del grupo, porque lo primordial era clasificar, y poco a poco ha ido poniendo su sello, que ya es evidente en la actitud que el equipo mostró para actuar de visitante, una idea distinta a la postal tradicional de Júnior metido entre los palos del arco cuando no se trataba de jugar en el Metropolitano.
Convencido de que el jugador costeño siente la camiseta rojiblanca de una forma especial, distinta, ha consolidado en la formación titular a jugadores como Carlos Bacca, Luis Carlos Ruiz, Jáider Romero y Vladimir Hernández. A este último, luego de dejarlo fuera dos encuentros, lo ha potenciado, a tal punto que el mediocampista ha sido figura en momentos decisivos (el empate ante Chicó, el segundo gol frente a Millonarios).
En esa medida, Hernández ha sido sobre todo un motivador. Pide que nunca lo dejen fuera de la oración (antes o después de un partido), porque cree que la unión de grupo es fundamental. Incluso ha recurrido a Alberto Linero, conocido sacerdote samario, para hablarles a sus jugadores de esas convicciones, de la importancia de confiar, de creer, de ir al frente.
Ya lo dijo Hernández: “Como local, les exijo en cuanto a ser protagonistas y dueños de la cancha, que sean casi el único equipo que esté en el estadio, porque hay que interpretar lo que es Barranquilla, su cultura, la gente, lo que se siente allá adentro”. Lo que se sentirá hoy, cuando Júnior enfrente otra vez al Caldas por una final del fútbol colombiano.