Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Después de Nueva York muchos piensan que las elecciones en EE. UU. serán entre Hillary Clinton y Donald Trump, y además que, de ser así, Trump perderá en la recta final. La cordura prevalecerá, razonan, y el país se alejará del abismo.
Ojalá tengan razón. Pero aunque ese entusiasmo es entendible a la vez es prematuro, porque la triste verdad es que Donald Trump puede ganar la Presidencia.
De un lado, en el caso de Trump (a diferencia de Hillary y Sanders) nunca han importado sus propuestas. El candidato se contradice, dice mentiras, confunde las tiendas 7/11 con la tragedia de 9/11, muestra una ignorancia abismal en temas domésticos y mundiales, y la razón es simple: él no está ofreciendo una tesis o una política: se está vendiendo a sí mismo. Por eso él siempre habla de lo que ha hecho, de la fortuna que ha amasado, de sus proezas sexuales y su talento empresarial. Lo que seduce a los electores no es lo que él propone sino lo que él es (al menos en apariencia): un ejecutivo exitoso, ajeno al mundo sucio de la política. Siendo así, al ganar la nominación de su partido, Trump no tendrá inconveniente en cambiar de posturas. Aparecerá más tolerante, haciendo concesiones, echando reversa en sus opiniones racistas, diciendo que sólo eran bromas o ideas que él soltaba para generar debates y discusiones. Esa indiferencia por cualquier tipo de coherencia ideológica le permitirá moverse hacia el centro y atraer electores que antes rechazaban sus tesis fascistas. Se presentará como un pragmático, dispuesto a negociar, listo para ser más flexible. Y esa supuesta flexibilidad le permitirá negar lo que ha dicho antes y lucir más sensato y moderado de lo que en realidad es. Con sólo eso ya podrá cautivar a otra parte considerable del electorado.
Además, los ataques terroristas de grupos como Isis le ayudarán a Trump en las elecciones por su retórica simplista y guerrerista. Para Isis tener a este insensato de presidente será una bendición: el tipo de mandatario miope y arrogante que aumentará el repudio a EE. UU. y favorecerá su propia lucha armada; un blanco fácil de atacar por el odio que despertará en el seno del mundo musulmán. Alguien prudente, cautelosa y sensata como es Hillary Clinton, precisamente porque puede llegar a ser presidente, jamás ha incurrido en la ligereza de decir frases beligerantes y temerarias aunque las mismas sean políticamente rentables. Y esa mesura la hará parecer débil ante los electores que reclaman, ante la amenaza terrorista, medidas rápidas y contundentes, aun si éstas resulten negativas a largo plazo o sean inviables. Sin duda: el gran aliado de Trump es el terrorismo fundamentalista. Y el gran aliado del terrorisimo será Trump.
Por último, hay otro factor que puede llevar a Trump al triunfo: los debates presidenciales. Debido a que este fulano es, en esencia, un matón de esquina, burdo y agresivo, que no vacila en ridiculizar a sus rivales y aborrece a las mujeres, puede pulverizar a la Clinton en los debates. Y lo peor es que gran parte del electorado aplaudirá esa falta de gallardía y esa brutalidad despiadada contra las mujeres en general y contra la candidata en particular.
Por todo esto es posible que este bufón gane las elecciones. Y en ese momento será demasiado tarde para llantos o arrepentimientos.