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Brasil en la encrucijada

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Dilma Rousseff es vista como una técnica más que como una política y una mandataria honesta.

Llegó al poder por su lealtad con Lula da Silva y porque sobrevivió a la corrupción de algunos de los líderes del Partido de los Trabajadores (PT). No tiene la habilidad política de Lula ni el manejo de la compleja política brasileña. La moción de impeachment, destitución, nace en esa falta de manejo político, y es juzgada por errores de gestión al realizar un tecnicismo fiscal calificado de ilegal al equilibrar el presupuesto con préstamos de bancos estatales, práctica común en todos los gobiernos.

La moción es un juicio político y a través de ella están pasando cuenta de cobro al Partido de los Trabajadores por los 13 años continuos de gobierno, a la clase política por la corrupción en la que la única no acusada de enriquecimiento es la misma mandataria, y por la crisis económica y el estancamiento de su crecimiento. Para muchos incluyendo el PT, este es un golpe de Estado constitucional para sacar a la izquierda del poder. Brasil quiere un cambio de rumbo, la presidenta es impopular y la clase política opositora ha tomado ventaja de esta situación.

Dilma no está siendo juzgada ni tiene una investigación criminal por corrupción, a diferencia de quienes buscan su destitución, cuando más del 60% de los miembros de la Cámara son investigados; como también están los antiguos aliados del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), como son Eduardo Cunha, presidente de la Cámara, promotor de la destitución, acusado de aceptar sobornos de Petrobras y tener millonarias cuentas en Suiza; Renan Calheiros, presidente del Senado, y el vicepresidente Michel Temer, que también están bajo sospecha de corrupción. Este último sería quien se beneficiaría de la destitución.

Brasil está en una encrucijada y en un limbo de poder. En mayo votará el Senado; una mayoría simple llevaría a un juicio a Rousseff y tendría que separarse de la Presidencia temporalmente y asumiría un vicepresidente bajo sospecha. Y aunque existe la opción de adelantar las elecciones, ella quiere luchar hasta el final pues ve el proceso como una injusticia en la que no tiene un crimen de responsabilidad. Mientras tanto, Brasil se encuentra dividido y debilitado política, social y moralmente. La corrupción necesita una limpieza profunda y la economía una política de ajustes. Se necesita confianza en la población civil que quiere cambios. Los juegos olímpicos están por llegar y nadie sabe quién será su anfitrión. En medio de la samba y de un país alegre hay esperanza de cambio, pero por ahora lo que se ve es que llegará más de lo mismo y, ante todo, habrá un gran vacío de poder.

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