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David Ferrer es el número cinco del tenis mundial y el dos de España y de mañana al domingo buscará con el equipo nacional su quinta Copa Davis en 11 años, esta vez frente a Argentina y en la tierra batida de Sevilla. Tras su paso y el de Rafael Nadal por la Copa de Maestros, en Londres, será un cruce con hueso. Juan Martín del Potro y David Nalbandián, dos rivales de gran nivel, medirán al alicantino y el mallorquín, que llegan agotados por una temporada extenuante. A su vez, los argentinos se han quejado del sol que penetra en la pista.
Argentina nunca ha ganado la Copa Davis y la persigue con ahínco. Durante decenios, la Ensaladera también fue un mito inalcanzable para España. ¿Ha perdido valor ahora que se gana con frecuencia?
Cuando no la has ganado nunca, es algo muy especial. Esta es una competencia diferente. Desde fuera se ve como algo mucho más importante. Luego, desde dentro, la ves de otra manera. La Copa Davis se juega cada año y se nos hace muy dura a los jugadores: tenemos mucho que perder y poco que ganar. Al ser anual, pierde valor. Muchos no la juegan por el calendario. Al fin y al cabo, vivimos del ranquin. Habría que cambiar el formato para que no llegáramos tan cascados. Antes había menos torneos y la gente podía jugarla. Ahora, hacerlo cada año, con el calendario tan apretado que hay, es más complicado, aunque sea un torneo muy bonito.
¿Cómo influye esa fatiga en la final?
Ellos llegan mucho más descansados. Eso está claro. Han jugado muchísimo menos que nosotros. Están frescos. Pero no es el momento de las lamentaciones, de quejarse. Es el momento de adaptarse lo antes posible a la arcilla de Sevilla.
¿Cómo conoció la Copa Davis?
Recuerdo a Bruguera, a Berasategui, a Corretja, a Moyá. Crecí viéndoles en algunas eliminatorias y jugué alguna contra ellos. Yo tuve siempre como referencia el Trofeo Godó, pero la Davis es muy importante. Cuando empezaba, Moyá me contó que sus sensaciones en la final de Sevilla 2004 fueron comparables a ganar un torneo del Grand Slam. Igualmente, Corretja y Costa me explicaron qué presión sentían, lo que pensaban y qué sensaciones experimentaban en la final de Barcelona 2000. Ferrero me inspiró cuando debuté porque estaba en el equipo. Me dijo que en el partido contra Hewitt (decidió el triunfo en 2000 sobre Australia) se sintió muy presionado. Era joven. En el último juego estaba encalambrado a causa de la tensión: “Como no gane este juego, no termino el partido”, pensó. Recuerda aquel golpe pasante definitivo como un momento mágico.
“Me han pasado por encima”, dijo tras perder el partido inaugural, contra Nalbandián, en la final de 2008. ¿Qué recuerda del título logrado ante Argentina en Mar del Plata?
Fue una final extraña a nivel personal, pero a nivel profesional se dio todo bien. Del Potro llegó de la Copa de Maestros cansado y Feliciano López estuvo espectacular. Nunca vi un Feliciano tan bueno. Cuando Verdasco logró el golpe ganador en el punto decisivo, fue un sueño. Personalmente, llegué en un momento difícil, quizás en el peor que he tenido. No estaba bien ni en el aspecto mental ni en el tenístico.
En su biblioteca está Enredados, un libro que cuenta cómo el vestuario argentino ha penado durante años entre luchas de egos. En España hay tres jugadores entre los 10 mejores del mundo (Nadal, usted y Almagro) y no parece que se reproduzca la situación. ¿Por qué?
Uno ya sabe de por sí que la Davis es un equipo, no tú solo; que hay que apoyar al compañero. Es importante el apoyo leal. Feliciano, Verdasco y yo hemos coincidido desde pequeños. Rafa es un líder, una persona que transmite mucho. Tenemos un feeling muy bueno, especial.