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Retórica papal

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Amoris Laetitia, la reciente exhortación redactada por el Papa Francisco sobre la ambigüedad y los giros históricos del concepto de familia suena muy bien, tiene todo el tinte y el ritmo de la alegría del amor, que es lo que traduce la sonora frase en latín con que se titula el documento alumbrado por las atenciones al papa diferente.

Las exhortaciones redactadas son evidentemente menos rígidas en redacción que los ostentosos documentos clásicos de una iglesia insolente, y dirigen su atención a aconsejar a próximos novios en el sacramento del matrimonio, y a redefinir los planteamientos del amor, tratando con matices bien equilibrados lo mismo que ha dicho la iglesia siempre pero con mejor uso del talento publicitario de sus asesores; los mismos que se encargaron de crear la aureola universalmente pública de rebeldía y de revolución sobre un Papa fresco pero igual de dogmático a su estirpe.

No redefine realmente nada en el documento como pretende presentarlo, ni revoluciona los conceptos clásicos amparados por la tabla rígida de los mandatos antiguos. El dogma sigue siendo el mismo; un matrimonio aprobado según las leyes divinas de lo “natural”, que es como concibe el cristianismo la unión marital de los sexos opuestos, rechazando con toda la virulencia cualquier posibilidad alterna de amoríos, considerándolos anómalos. Amoris Laetitia cae por su propio peso hacia la redefinición del amor desde el Odium, y lo argumenta muy bien cuando entra al parágrafo que aquí interesa, porque los otros términos arcaicos de la castidad no tienen cabida en el mundo terrenal, y porque embiste, sobre todas las cosas, los debates contemporáneos de la humanidad que intentan progresar desde el raciocinio, lejos del prejuicio de las verdades eternas.

Lo que el cristianismo sigue llamando natural no es natural, es la tradición en la que se configuró Occidente desde la influencia de sus mandamientos. Lo natural es la diversidad entre lo diverso que un Papa Rebelde y revolucionario no alcanza a percibir. No alcanza tampoco a disimular muy bien su retórica de tolerancia y frescura entre sus ya muchas contradicciones de recurrencia semanal: no es nadie para juzgar, dice, pero dice tácitamente pocos días después que las uniones homosexuales no se pueden equiparar al matrimonio de los que ameritan el derecho legal. Habla con el tono de una revolución flagrante pero sigue en silencio total hacia los centenares de curas pedófilos refugiados en las líneas fronterizas de su Estado, y sigue haciendo caso omiso, entre los muchos nombres conocidos, del poderoso Cardenal Tarciso Bertone, usurpador de fundaciones filantrópicas para construcciones de apartamentos suntuosos.

No puede haber revolución entre la permanencia de los dogmas de piedra, no puede haber rebeldía entre unos sacramentos inviolables, no puede haber humildad si se profesa la sectorización de los derechos para ciertas comunidades exclusivas. No es un papa rebelde, no es revolucionario, no es humilde en términos exactos, es un Papa Retórico; las palabras todavía siguen siendo mucho más protagónicas que sus efectos, y sus actos aún no sobrepasan el hecho aplaudible de acercarse al vulgo para tocarlo con sus manos.

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