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Proyecto de restauración ecológica en el sur

La segunda aula ambiental, en el cerro El Zuque, en la localidad de San Cristóbal, abrirá sus puertas a finales de 2012.

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El Zuque comenzó su operación como cantera en 1969. Regentado por la Secretaría de Obras Públicas, este lugar, en la localidad de San Cristóbal, se convirtió en uno de los principales proveedores de piedra, arena y demás elementos que alimentan la enorme maquinaria del progreso, progreso en forma de calles y asfalto. Todo esto sucedió mucho antes de que las palabras “conservación” o “medio ambiente” fueran asuntos de política pública, lemas de campaña o temas de sesuda conversación en ocasiones sociales. Para 1980, la explotación de la montaña cesó y 10 años después, en 1990, la planta de asfalto, ubicada en la parte alta del monte, cerró definitivamente sus puertas.

De cantera a nada. El Zuque vigila silenciosamente las actividades de los habitantes del barrio Moralba, que duermen bajo la sombra de un verde filón que se levanta hasta 3.450 metros sobre el nivel del mar y al cual suben algunos bogotanos para hacer ejercicio, otros para actividades menos productivas. Desde agosto del año pasado, una pequeña milicia de trabajadores del Idiprón viene, de la mano con la Secretaría de Ambiente, preparando el camino para lo que será la segunda aula ambiental de la ciudad, junto con la de Soratama, en el norte de la capital.

En palabras más claras, esto significa convertir lo que fue un área de explotación industrial en una suerte de reserva ecológica, con infraestructura suficiente para atraer al ciudadano que verá en El Zuque ya no sólo un cerro, un accidente geográfico, sino una zona de disfrute, un espacio más de la ciudad. El trabajo es lento. La naturaleza se toma su propio tiempo, lejos de los afanes o los proyectos de los hombres. Además, cuenta con un enemigo digno que, como la película, es duro de matar: el retamo espinoso.

“Es una planta originaria del Mediterráneo, en donde tiene factores que controlan su crecimiento, como las estaciones y ciertas plagas. Acá se ha logrado diseminar por la mayoría de los cerros orientales por la ausencia de estos factores”, explica el ecólogo Mauricio Aguilar, quien en conjunto con el personal de Idiprón se ha dedicado a erradicar el retamo. No es una tarea fácil, cada espécimen de la planta dispersa un promedio de ocho mil semillas, de las cuales germina el 80%; haga cuentas. Es supremamente resistente y requiere controles de erradicación cada tres meses.

Uno de los problemas del retamo, además de que no es vegetación nativa de los cerros bogotanos, es que concentra una gran cantidad de aceite, lo que la convierte en materia prima para los incendios forestales que, año tras año, se llevan por delante hectáreas enteras de naturaleza.

La idea es plantar 20 mil nuevos árboles nativos, de rápido crecimiento para que le hagan competencia al retamo, que forman parte del proyecto de restauración ecológica de las 162 hectáreas propiedad del Distrito. El segundo paso es la expedición  del Plan de Manejo de Recuperación y Rehabilitación Ambiental, hoja de ruta que da las pautas para la apertura del espacio al público, cuya elaboración será contratada este año.

Según las cuentas de la Secretaría, las puertas del aula se abrirán para finales de 2012, cuando no sólo se haya construido la infraestructura necesaria, como un mirador y cabañas para recibir a los visitantes, entre otras cosas, sino se haya erradicado por completo el retamo y el bosque alto andino crezca de nuevo, como lo hacía antes de la cantera y la llegada de la planta invasora.

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