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«Nos sentimos muy solos»

Tras conocer el anuncio de las Farc de acabar con el secuestro como arma política, El Espectador reunió a tres de los rostros de este flagelo: el que fue liberado, el que fue rescatado y la que vio regresar a su familiar plagiado en un ataúd.

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Luego del anuncio de las Farc de entregar a los últimos 10 uniformados que mantienen bajo su poder, lo único que queda claro es que nadie podrá a ciencia cierta saber lo que este drama ha significado para cientos de familias colombianas. De eso dan fe Margarita Sánchez Rivas, Luis Eladio Pérez Bonilla y el mayor Javier Rodríguez Porras. La primera es la hermana del mayor de la Policía Elkin Hernández Rivas, secuestrado en octubre de 1998. Pérez, excongresista, estuvo en manos de las Farc entre junio de 2001 y febrero de 2008. Y Rodríguez, mayor activo de la Policía, cayó en manos de la guerrilla en la toma de Mitú, en noviembre de 1998.

Ahora que el tema del secuestro está de nuevo sobre la mesa, El Espectador reunió a estos tres rostros de uno de los peores flagelos que han derivado del conflicto. Ellos representan los tres caminos a los que puede conducir: Pérez fue liberado por la guerrilla hace cuatro años y el mayor Rodríguez fue rescatado en la publicitada ‘Operación Jaque’. El mayor Elkin Hernández, no obstante, sufrió el destino más aciago, siendo asesinado en la selva el pasado 26 de noviembre, en condiciones que siguen causando incertidumbre y suspicacias entre sus familias. “Mi hermano decía que no quería un rescate”, repite Margarita. “Es un tema muy difícil, pero también es un deber constitucional del Estado”, replica el mayor Rodríguez.

Pérez los mira con pausa para luego decir: “A mí este asunto me causa sentimientos encontrados. Desde que recobré la libertad me opongo a los rescates porque sé que los cautivos tienen fe en que saldrán libres. Pero estando allá, uno siente que a veces la muerte es la única manera de recobrar la libertad”. La discusión, inevitablemente, se dirige hacia el tema de la solidaridad. ¿Es solidaria la sociedad colombiana con sus plagiados? “Muy pocos se acuerdan de los que están secuestrados”, refuta el exsenador. “Somos el país del ‘pobrecito’. Pero la verdad es que nos sentimos muy solos”, lo acompaña Margarita. “Seguro no hay un colombiano de bien que acepte la práctica del secuestro, pero la verdad es que se ha enfriado la solidaridad”, concluye el mayor Rodríguez.

Ninguno de ellos entiende por qué, durante casi 16 años, la guerrilla ha insistido en mantener el secuestro como arma política en medio de la guerra. “Lo que más nos dolía allá era ver cómo usaban a nuestras familias para atacar al Gobierno. Por eso, en algún momento, decidimos no dar más pruebas de vida, para no participar en el show de las Farc. Si lo hacíamos, era por amor a nuestros familiares que querían saber de nosotros”, cuenta el oficial. “Los secuestrados fuimos la propaganda de una guerrilla que iba decayendo”, señala Margarita. “Las Farc fracasaron en usar el secuestro como arma. Con excepción de historias trágicas como la de la familia de Margarita, hoy casi todos estamos en libertad. ¿Cuántos guerrilleros consiguieron ellos a cambio?”, cuestiona el exparlamentario.

Las familias de Margarita, el exsenador Luis Eladio Pérez y el oficial de la Policía Javier Rodríguez se hallaron en penumbra mucho tiempo por causa de este crimen. En el caso de Margarita y sus padres y hermanos, el luto se instaló en su hogar. Sin embargo, para ellos no es claro ni fácil descifrar cómo enfrentar este flagelo. Rodríguez sostiene que el Estado se está preparando día a día para combatirlo. El político nariñense habla de fortalecer la legislación y sugiere que, así como se promueve la cadena perpetua para los agresores de niños, se haga lo mismo con estos carceleros. Pero es Margarita quien hace la más dura de las afirmaciones: “Para quienes secuestran debería aplicarse la pena de muerte”.

Pérez Bonilla y Rodríguez Porras saben que Margarita, a diferencia de ellos, habla con el dolor a flor de piel. De los tres, sólo el mayor Rodríguez se atreve a decir con tranquilidad: “Para mí ha sido muy fácil readaptarme. No estaba casado, mis padres están vivos y la institución me ha apoyado mucho”. “Quisiera decir que he sido feliz desde entonces, pero no ha sido así —dispara Pérez—. Muchos hogares se acabaron, incluido el mío. Me dan depresiones, mi carácter ha cambiado. Siempre hay algo que impacta, sobre todo saber que hay compañeros aún en la manigua”. “El día que mataron a mi hermano —agrega Margarita—, mataron un poco a mi familia. Nuestras almas no son las mismas. Quedamos en el vacío. Cada domingo, cuando vamos al mausoleo de la Policía y vemos su nombre en una tumba, sabemos que no hay vida después del secuestro”.

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