
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La lluvia torrencial amenazó con arruinarlo todo. El puente sobre el río Humadea, que conecta San Martín con Villavicencio, estuvo a punto de irse abajo arrastrado por la súbita corriente. Carros, buses y motos quedaron atascados varias horas en la noche del viernes 14 de noviembre hasta que por fin, por un solo carril, se reanudó la marcha hacia el pueblo más antiguo de los Llanos Orientales, hacia las fiestas más tradicionales de esta región de Colombia.
Muchos sanmartineros confiaban en que su santo, San Martín de Tours, evitaría que la fiesta se aguara. Otros razonaban que la lluvia tarde o temprano pasa de largo. Unos y otros corrían a refugiarse en las carpas instaladas en las dos plazas y bebían aguardiante al son de las voces templadas, agudas, chirriantes, toscas y suaves de los cantantes llaneros que lanzaban a diestra y siniestra sus coplas, los viejos cantos de vaquería, sus canciones de amor.
El Festival Internacional de San Martín había comenzado una semana atrás con una serenata frente a la iglesia y una procesión con la estatua del santo encaramada en el carro de bomberos. Siguieron desfiles, concursos de música llanera, coleo, muestras gastronómicas, grupos de joropo y conciertos. Un gran preámbulo para el momento más importante, las Cuadrillas, esos juegos a caballo cuyo nacimiento se pierde en la historia de estas sabanas.
Pese a que el origen de esta tradición cultural aún no es claro, la versión más aceptada señala que el cura misionero Gabino de Balboa, hacia el año de 1735, se inspiró en unos juegos de intercambio entre los indígenas achaguas para crear un juego en el que participan cuatro grupos de hombres representando cuatro razas: moros, españoles (galanes), indios (guahibos) y negros (cachaceros).
El sonido de un cacho, soplado a todo pulmón por algún guahibo, anunció a todos muy temprano en la madrugada del domingo el inicio de los juegos. También los voladores reventando contra el cielo opaco y lluvioso. Como lo han hecho desde hace 279 años, cuarenta y ocho jinetes principales, doce suplentes y cuatro coordinadores despertaron para darle un año más de vida a su más rica herencia cultural.
Los moros se vistieron con sus camisas amarillas y chalecos negros. Los galanes se ajustaron sus pecheras y cascos plateados. En un rincón del pueblo se reunieron los guahibos, fáciles de distinguir por la camisa roja de lunares blancos y el tocado de plumas de pavo real. Y en otra casa los cachaceros se disfrazaron con trajes elaborados con pieles, caparazones, vertebras de güíos y peces, dientes de vaca o cerdo o zaino o cachirre, huesos de reptiles y aves disecadas, hojas, cortezas y semillas y crines de caballos.
Los antropólogos Blanca Gómez Lozano y David Gómez Manrique han explicado que los galanes deben ser arrogantes en la representación de sus personajes: son la imagen de los colonizadores españoles que llegaron al nuevo mundo en el siglo XVI. Los moros deben tener una actitud codiciosa; representan a los árabes que ocuparon el territorio español. Los guahibos son bulliciosos, alegres y ágiles; representan a los nativos. Los cachaceros, detrás de sus máscaras, adquieren licencia para jugar bromas y asustar a la gente; representan a los negros traídos a América en calidad de esclavos.
Luego de disfrazarse y ensillar los caballos, los cuadrilleros recorrieron las calles de San Martín. Pidieron la bendición al párroco y cargaron con ellos la estatua del santo. La procesión terminó en la plaza de cuadrillas Gabino de Balboa, ubicada a las afueras del pueblo.
En esa misma plaza jugaron una vez más los diez juegos que dicta la tradición y representan la guerra, la paz y la mezcla de culturas. Diez juegos que guardan cifrados instantes de la historia de la región. Mientras dos de los miembros de la Junta Patronal de Cuadrillas explicaban por altoparlantes las instrucciones de cada juego, los jinetes hacían su danza y sus recorridos por la plaza. En la tribuna que rodea la esquina donde se reúnen los cachaceros, un carnaval ya se había formado a esa hora. A quien se asomaba por allí lo embadurnaban de melaza con carbón, lo vestían de espuma y lo embriagaban con guarapo.
Los juegos se extendieron por casi cuatro horas. Al final, cansados y sudorosos, los jinetes se apearon de los caballos para confundirse con los invitados y disfrutar la fiesta en la plaza, que terminó al amanecer del día siguiente.
Sólo pasará un año antes de volver a repetir el ritual que les recuerda, a estos llaneros sobrevivientes de tanta violencia, quiénes son.
pcorrea@elespectador.com
@pcorrea78