Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En Colombia no hay instituciones para defender sino para reconstruir.
El Congreso no ejerce control político, el gobierno adopta reformas para que todo siga igual, la Corte Constitucional administra justicia con un magistrado sub judice, Fiscalía y Procuraduría parecen oficinas privadas de sus titulares, la Policía enloda su imagen, la Junta del Banco de la República dicta medidas monetarias solo para medio país, porque el otro medio vive en una economía extra-bancaria.
Semejante panorama supone una tragedia política, ciertamente, agravada por el lenguaje agresivo de algunos dirigentes que confunden liderazgo con polarización. No obstante eso, los liderazgos son casi inexistentes. El ex presidente Uribe ejerce el suyo en forma solitaria –lo cual no siempre es pertinente- en medio de una ausencia de líderes en casi toda la cúpula del poder público.
En busca de ese esquivo liderazgo se están levantando voces que no invitan a la paz ni a la convivencia sino a la confrontación. Están reeditando, en forma irresponsable, el fenómeno que dio origen a la Violencia del medio siglo xx. Los colombianos no resisten más provocaciones. Hay que construir un país en que quepamos todos, o la paz va a ser imposible en medio de inéditas formas de violencia y de enfrentamiento social.
El conflicto colombiano vive un proceso de mutación muy peligroso que estamos ignorando. Me temo que se percibe más en la periferia que en el centro y más en la base que en la cúpula, pero tendría consecuencias tan desastrosas como imprevisibles. Ya hubo un paro armado, convocado por un grupo delincuencial, capaz de afectar la tranquilidad de la población civil en cinco departamentos. Y las Instituciones no operaron, sencillamente, porque se han vuelto teóricas, perdieron legitimidad.
El clan delictivo que hizo el emplazamiento se presenta como una “organización con dominio territorial, unidad de mando y operaciones militares continuadas”. Es increíble. El ministro de Defensa dijo que se trata de una banda acorralada, como si no viviera en Colombia. El paro mostró no solo la debilidad del Estado sino la eficacia del poder de dicho clan. Esa es solo una parte del tablado que muestra deterioro de las instituciones.
También existen zonas urbanas de considerable tamaño, en distintas ciudades, a donde la autoridad ni siquiera puede ingresar, donde crecen nuevos negocios como la trata de personas, donde el micro-tráfico cooptó a la fuerza pública. Es el poder creciente de las bandas delincuenciales pero también –en la dinámica de la mutación del conflicto- puede ser la efervescencia de una suerte de cultura vesánica, anidada en sectores sociales excluidos, que no ven –o no quieren ver- otra opción de supervivencia.
En cualquier caso la convivencia ya no sólo depende de los acuerdos con las guerrillas. En medio de esta mutación, las negociaciones de La Habana y de Quito siguen siendo necesarias y urgentes, pero ahora surgen otras prioridades. Las bandas son amenaza para la sociedad más que para el estado, Su presencia pone en peligro la paz pero, sobre todo, muestra que una tragedia política se puede convertir en una tragedia social.
*Exsenador, profesor universitario, @inefable1