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El modelo económico que no lo es

César Ferrari
05 de abril de 2016 – 09:34 p. m.

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Cada vez con más insistencia, muchos economistas y políticos señalan las inconveniencias del modelo económico colombiano basado en la producción de minerales, hidrocarburos y servicios y en la postergación agropecuaria y manufacturera.

No es para menos. La realidad lo muestra altamente inestable e incapaz de producir crecimiento acelerado del ingreso per cápita, un nivel de ocupación elevado y una distribución razonable del ingreso.

La inestabilidad es graficada por el comportamiento de la tasa de cambio: durante un largo periodo osciló alrededor de 1.800 pesos por dólar, luego se devaluó a 3.400 pesos, para revaluarse actualmente a 3.000 pesos. El lento crecimiento del ingreso per cápita es evidente: según el Banco Mundial, entre 1990 y 2014 aumentó 6,7 veces en dólares corrientes; en China aumentó 19,4 veces.

La ocupación insuficiente y la concentración del ingreso son también evidentes. A febrero del 2016, según el DANE, la economía ocupaba a 21,8 millones de personas; es decir, considerando todas las personas en edad de trabajar, dejaba por fuera a 15,8 millones. Según el Banco Mundial, en el 2013 el 10 por ciento de la población colombiana más rica obtenía 41,9 por ciento del ingreso total mientras que el 10 por ciento más pobre obtenía 1,1 por ciento. El coeficiente GINI correspondiente era 53,49, uno de los peores del mundo.

Mejor dicho, el modelo no es modelo ni ejemplo. Y sus resultados no son casualidad ni mala suerte. Son producto de haber forzado a la economía, durante muchos años, a una reestructuración productiva en la que la producción de minerales, hidrocarburos y servicios, intensivas en capital, y la exportación de los primeros, resultaron dominantes. Según el Banco Mundial, entre 1990 y 2014, mientras la participación agropecuaria y de manufacturas se redujo de 37,3 a 19,7 por ciento del PIB, la de minerales, hidrocarburos y servicios aumentó de 62,7 a 80,3 por ciento, y las exportaciones de minerales e hidrocarburos aumentaron de 43,8 a 70,6 por ciento del total.

La razón es obvia: el marchitamiento de manufacturas, agricultura y turismo interno, intensivos en mano de obra, es consecuencia de una reestructuración de precios y rentabilidades en su contra. Ésta ocurrió 1) por la reducción de los aranceles con la apertura de los mercados, 2) en un contexto de ineficiencia de los servicios, particularmente financieros y de comunicaciones que protegidos de la competencia internacional pudieron mantener, hasta la fecha, precios superiores a los internacionales, y 3) de una tasa de cambio revaluada debido al flujo abundante de divisas, primero por la privatización de empresas públicas y luego por el endeudamiento externo de las empresas, la inversión extranjera y los buenos precios internacionales que indujo la emergencia de China como segunda economía mundial.

Pero la ilusión de precios internacionales crecientes se mantuvo hasta la Gran Recesión 2008-2009 cuando se derrumbaron, luego se recuperaron parcialmente por un corto tiempo, para volver a derrumbarse. Según los analistas internacionales esta última situación puede durar largo tiempo. Junto con la devaluación cambiaria estarían configurando una nueva estructura de precios y rentabilidades.

Mejor dicho, si se quiere una economía estable, creciente y equitativa pareciera sensato cambiar de modelo y ello exige, sin duda, una nueva política económica.

Profesor, Universidad Javeriana, Departamento de Economía

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