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En las redes sociales mandan las apariencias.
Se distorsiona, por ejemplo, el concepto de la amistad, del amor, de las relaciones interpersonales. Es fácil creer que uno tiene tantos amigos como seguidores en Facebook, o que los de Twitter estarán ahí para acompañarlo a uno en sus tristezas. Hay una permanente apariencia de preocupación y solidaridad que empieza, y termina, en el espacio que hay entre el dedo y la tecla del computador. Pero en aquella apariencia de fortaleza y cercanía solamente hay lazos informales, personas que de verlo a uno en problemas en la calle, probablemente no se acercarían a dar una mano. El compromiso en las redes termina cuando se cierra la sesión: la máscara de la solidaridad acaba allí; la conciencia se siente tranquila cuando se da RT a la imagen de un niño famélico que pronto morirá por inanición en algún municipio cuyo nombre ya se ha olvidado.
Pero las redes son también muchas otras cosas. En el maquillaje de la apariencia siguen quedando los rasgos de lo que uno es, de las vanidades por las que tantos estarían dispuestos a morir, de las angustias que aparecen cuando llega el olvido, cuando se percibe que el mundo ha dejado de girar a su alrededor. No a todos persigue esa obsesión por la vigencia, por los aplausos y los elogios. Hay una especie que la siente, sin embargo, más que ninguna: la de los políticos. La profunda tristeza que experimentan cuando dejan el poder, cuando sienten que el poder los va dejando atrás, explica muchas de sus acciones. Entre ellas, los trinos que escriben.
El viernes primero de febrero de 2013, el ex presidente Álvaro Uribe publicó tres trinos denunciando el asesinato de dos policías en La Guajira. Acusaba a un frente de las Farc como responsable. Publicaba además dos fotos que mostraban los cadáveres de los policías, con sangre en sus rostros, tirados en una carretera. De inmediato, llegaron las críticas a Uribe. Se le criticó su poca humanidad, su falta de solidaridad con las familias de los asesinados, su vileza para hacer política con la muerte, para cobrarle al gobierno de turno, el de su enemigo Santos, su razón de que el país va rumbo al apocalipsis. Se trataba de pornografía electoral, de recaudar votos y seguidores jugando con el dolor de otros. ¿Le importó a Uribe lo que sentirían las familias de los muertos? ¿Los representa él en su dolor?
El viernes primero de abril de 2016, el ex alcalde de Bogotá Gustavo Petro publicó una foto denunciando el asesinato de una joven que, por salir a trabajar, fue acribillada por paramilitares. Unos minutos después, supimos que la foto era falsa, es decir, era un simulacro ocurrido en una universidad de Córdoba. De inmediato, llegaron las críticas. Le cuestionaban, por ejemplo, que no se tomara la molestia de comprobar si la foto era real o no. Pero vamos más allá: lo terrible no es que sea falsa, es que, como Uribe, decida en su infinita vanidad publicar la imagen del muerto. Como a Uribe, ¿le importó a Petro lo que sentiría la familia de la “asesinada”? Nota: Petro, a diferencia de Uribe, al menos tuvo la decencia de disculparse por publicar la foto falsa.
El poder no distingue ideologías. Que Uribe y Petro, presentados ante el país como opuestos, se comporten igual en sus redes sociales, que decidan ejercer su derecho a la ciudadanía jugando con el dolor ajeno, sin consideración ninguna, demuestra no solo los peligros de la viudez de poder, sino el carácter vicioso de tantos de nuestros políticos. Ambos, Petro y Uribe, están tan desesperados en su retiro del poder, tan infinitamente solos en su vanidad, que cada oportunidad que se les presenta, sin importar el gran dolor que puedan causar, la aprovechan sin dudarlo. En septiembre del año pasado, el senador Uribe publicó una foto de un periódico internacional que titulaba: Ganó el terrorismo en Colombia, presidente regala patria a las Farc. Era un fotomontaje. Otra foto falsa. No queda más que preguntarse si con esa misma falta de rigurosidad y de seriedad legisla el Senador Uribe. No queda más que preguntarse qué sería de nosotros si Petro es algún día Presidente de la República.