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La escuela de izquierda de los estudiantes desaparecidos en México

Ha sido frecuente que por sus prácticas tengan choques entre estos estudiantes y las autoridades locales, las que los ven con suspicacia y cuestionan sus vínculos con la guerrilla.

Dos personas encapuchadas prenden fuego a una ventanilla de Palacio Nacional en Ciudad de México. Una veintena de manifestantes escapuchados derribaron ayer las vallas de seguridad de los alrededores del Palacio Nacional, sede del Ejecutivo mexicano, y prendieron fuego a la puerta principal del histórico edificio. Los disturbios se registraron al finalizar una multitudinaria marcha desde la instalaciones de la Procuraduría General de la República (PGR, fiscalía) hasta el Zócalo de la capital mex
Dos personas encapuchadas prenden fuego a una ventanilla de Palacio Nacional en Ciudad de México. Una veintena de manifestantes escapuchados derribaron ayer las vallas de seguridad de los alrededores del Palacio Nacional, sede del Ejecutivo mexicano, y prendieron fuego a la puerta principal del histórico edificio. Los disturbios se registraron al finalizar una multitudinaria marcha desde la instalaciones de la Procuraduría General de la República (PGR, fiscalía) hasta el Zócalo de la capital mex

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En su primera semana en la escuela, los nuevos estudiantes solo comen frijoles y beben café frío, y pasan días sin dormir limpiando los edificios y sembrando las cosechas.

Es un “campo de entrenamiento” para fomentar un sentido de comunidad y demostrar que realmente quieren estar aquí, en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos. La pequeña escuela superior para maestros en el sur de México ha estado en el centro de una crisis nacional desde que desaparecieron 43 estudiantes en septiembre, después de una violenta confrontación con la fuerza policial local, a la que ha infiltrado un cartel del narcotráfico.

Los estudiantes leen libros sobre marxismo, tienen discusiones semanales sobre documentales políticos en los que se aboga por causas de izquierda y tratan de adherirse a los ideales de justicia social que apuntalan a la escuela desde su fundación en 1926, después de la Revolución Mexicana, una de varias escuelas similares que se fundaron para mantener vivo el fuego de la transformación social.

“No se trata solo de las cosas académicas, sino del aspecto político que tienen, el riesgo de las actividades que realizan y el sentido de pertenencia”, notó Ricardo Jacinto, un estudiante y explicó por qué su hermano Israel, de 19 años, así como dos de sus tíos, asistieron a esta escuela.

Ahora, Ricardo y su familia esperan saber de Israel, uno de los 43 estudiantes desaparecidos desde el 26 de septiembre.

Israel formaba parte de un grupo grande de estudiantes que fueron a la ciudad industrial de Iguala, a unas dos horas en coche y 120 millas al sur de la Ciudad de México, para recaudar dinero para las actividades escolares y para robar dos autobuses para transportarlos a la manifestación del 2 de octubre, en la cual se conmemoró la masacre de estudiantes en 1968, en la Ciudad de México.

La apropiación de autobuses – rutinaria y temporal, dicen los estudiantes en esta localidad – fue una función de la mísera vida y fermento revolucionario que había en la escuela, donde retratos del Che Guevara y otros personajes socialistas cubren los muros y se enseña a los estudiantes a llevar al límite sus protestas.

Han bloqueado carreteras en forma rutinaria y, estos días, han tomado regularmente las casetas de cobro en las supercarreteras del sur de México, solicitando donativos, mientras los policías federales están cerca, aparentemente poco dispuestos a arriesgarse a que haya una confrontación.

Ha sido frecuente que tales tácticas provoquen choques entre estos estudiantes y las autoridades locales, las que los ven con suspicacia y cuestionan sus vínculos con la guerrilla y las organizaciones políticas de izquierda en el estado de Guerrero, uno de los más violentos y propensos a la agitación social y delictiva. En la búsqueda de los estudiantes, las autoridades han descubierto varias fosas comunes que contenían un total de 38 cuerpos, aunque las pruebas iniciales indican que ninguno corresponde a los estudiantes desaparecidos.

Es frecuente que, a su vez, los estudiantes de la escuela enfurezcan por lo que consideran falta de financiamiento estatal, colocación laboral y otros apoyos para la escuela, a 70 millas al noreste de la ciudad turística de En 2011, durante una protesta con el bloqueo de la principal carretera entre la Ciudad de México y Acapulco, la policía mató a tiros a dos estudiantes de la escuela en Chilpancingo, la capital del estado, justo al oeste de esta localidad.

“Tenemos un dicho popular aquí que dice: ‘Si encontraste la puerta un poco abierta, trata de abrirla más, nunca de cerrarla’”, dijo un dirigente de los estudiantes que quiso ser identificado con su apodo, Acapulco, por temor a convertirse, él o su familia, en blanco de los carteles.

La familia Jacinto conocía bien la historia de la escuela, pero, como otras, la veía como una de las pocas opciones viables para tener una vida que no fuera la de un campesino y otros empleos de salarios más bajos.

En algunos casos, generaciones de familias, en gran medida, provenientes de rancherías de todo el estado y de algunos vecinos, asisten a la escuela, a la cual se le puso el nombre del poeta y educador que ayudó a construirla.

El más reciente miembro de la familia Jacinto que asistió era Israel. Los familiares lo describieron como un muchacho sonriente pero tímido, al que le decían Gordito. Debido a su profundo interés en los coches, primero pensó en ser mecánico.

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“Le dije que estaría cubierto de aceite todo el tiempo, que debería estudiar otra cosa, como medicina o derecho”, dijo por teléfono su padre, Israel, quien vive en San Jose, California. “Me dijo una semana después que sería maestro”.

La escuela resultó ser más atractiva por no pagar colegiatura, ni alojamiento y comidas. Pasó el examen de admisión obligatorio, pagó la cuota de 40 dólares por los materiales de limpieza y se inscribió en junio, y tomó el adoctrinamiento con filosofía, aunque se quejó con su padre de las exigencias físicas de las tareas de limpieza y mantenimiento. Mandó una fotografía suya con el cabello cortado.

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Como otros estudiantes nuevos, Israel se dedicó a cultivar garbanzos, cilantro y flores en la escuela, parte de los cuales se venden para ayudar en el sustento de la escuela, misma que tiene 520 estudiantes.

Ellos viven en los atiborrados dormitorios. La ropa recién lavada cuelga de los tendederos afuera de los salones de clase y perros callejeros deambulan por todas partes.

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Tratan de cumplir los lemas que hay casi en todos los muros, como: “La vida estudiantil es un sello profundo que llevaremos como un escudo”.

“Antes de venir aquí, tenía una venda en los ojos; no podía ver muchas cosas”, dijo Ulises, un dirigente estudiantil de 19 años. Como Acapulco, solo permitió que se usara su apodo. “Aquí llegas mucho más analítico, desarrollas una verdadera conciencia”.

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No obstante, los Jacinto nunca esperaron una turbulencia que amenazara la vida de sus hijos. Las autoridades creen ahora que el presidente municipal de Iguala tenía vínculos estrechos con un cartel y ordenó a la policía que rodeara a los estudiantes antes de que interrumpieran el discurso que estaba pronunciando su esposa, una funcionaria de servicios sociales en la ciudad. En la confusión y el caos, la policía abrió fuego matando a seis personas, incluidos tres estudiantes, y detuvo a varios más a los que entregó al cartel, dijeron funcionarios federales.
 

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