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Magia

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Hoy sabemos que el espacio y el tiempo no son los mismos en cualquier lugar. Se mueven más rápido o se curvan a su antojo. Ligeras extrañezas de un universo que hace tiempo enterró su linealidad. Pero nos cuesta creer que podemos o bien viajar en el espacio o bien salirnos de los hábitos repetidos por días e incrustados en las pieles. Vemos el mismo sol y amamos a los mismos, de las mismas formas, y odiamos a los mismos por lo mismo. Imaginamos repeticiones de lo inútil con muy poco de lo nuevo para seguir siendo tan normales y para creer que el universo es inmutable.

Por eso resulta curioso que en el siglo de los quarks, los neutrinos y los gluones, el pensamiento colectivo sea incapaz de imaginar lo imposible. Como borregos, nos repetimos, y presos de las modas nos reafirmamos en nuestra característica más nefasta: la violencia. Llevamos tatuados en la piel los miedos, dolores, sufrimientos, rencores, separaciones, distancias, enfermedades, virus, guerras. Sobre todo las guerras, que, con sus venganzas, nos gusta reproducir con vehemencia y teñidas de las mismas incongruencias de siempre.

Parar un instante es rebeldía. No reaccionar es desacato. Hacer caso omiso es idiotez. Ser de paz, una locura. Y el rencor amañándose con los idiotas de la tribu. Tal vez algunos cantos alrededor de una hoguera o unas ramitas de perejil debajo de una piedra contribuyan a exorcizar tanto demonio enconado hacia esos hombres y mujeres de paz que saben amar a sus hijos, sembrar las mejores semillas, lavar la loza y cuidar los fogones.

Y es que ante las amenazas, las persecuciones y las dudas de futuros, tal vez pueda la magia darnos las mejores perspectivas como mezclar los infinitos con los besos, pintar las flores de sonidos, mezclar los colores con las estrellas, pensar en los tonos de los grises y darles a los cien mil millones de neuronas que llevamos dentro imágenes de risa, suavidad y dulzura. Tal vez pueda ayudarnos la magia porque el ahuyentar los discursos del miedo toma su tiempo. Mucho. Demasiado. Sesenta años. Siglos y tantas sinrazones.

Para vivir en paz, invoquemos la magia de los amores, la magia de la vida que sobrevive, la magia del que intuye, la magia de la gente que nunca permitirá que le roben sus imposibles. Apostémosle a la magia de la gente que se aferra a lo esencial, a un anhelo nunca vivido, a la idea de descubrirse distinto. Que no se nos escape la imaginación, ésa que es la única que nos permite existir como si pudiéramos ser nuevos. Y si no sirve, volvámonos hacia la serpiente emplumada y su belleza de la comunión cósmica o, simplemente, inventémonos un nuevo abracadra.

otro.itinerario@gmail.com

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