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Asambleas, el otro viacrucis

Arturo Guerrero
31 de marzo de 2016 – 09:45 p. m.

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En cercanías de Semana Santa acecha el otro viacrucis, las asambleas de los edificios. Son el país en chiquito y la violencia en escala de vecindario.

Son el despliegue de los más odiosos rasgos colombianos: leguleyismo, desconfianza, pequeñez de miras, polarización, sordera mental.

Quienes asisten les sueltan rienda al pequeño abogado y al contador público juramentado que llevan dentro. Cada cual se parapeta detrás de la creencia de que alguien lo estafa, de que su propiedad pierde valor por culpa del prójimo.

Los políticos dicen que en estos escenarios se aprende democracia. Falso. Año tras año, las terribles noches de trompadas espirituales y bostezos son repetición de una monotonía. Nadie aprende nada.

Los que cambian son los púgiles. Cuando no es el revisor fiscal es la contadora, cuando no es el presidente del consejo de administración es aquel que no paga la cuota correspondiente desde hace meses o años.

Las reyertas entre propietarios llevan invariablemente al terreno de la plata. La lupa sobre el estado de las cuentas aumenta con escándalo el centavo que hace falta en los resultados financieros. La sombra de la corrupción no perdona a nadie.

Lo mismo sucede en otra clase de asambleas: de sindicatos, gremios, asociaciones varias. Entrar en materia importante demora dos o tres horas pues es imperativo ponerse de acuerdo en el orden del día, los nombres del presidente y secretario de actas, el responsable de distribuir el café, el encargado de leer y revisar tres y más veces cada página, cada sílaba.

No es necesario acercarse al Capitolio nacional para conocer la catadura de los congresistas y padres de la patria. Con sus hijos bastardos basta. Y estos hijos se reúnen en asambleas a sembrar y regar la planta de la discordia que dará frutos por los siglos de los siglos.

En las asambleas caen muertas las amistades de años. El verbo sulfuroso las hace trizas. Por eso es frecuente que administradores, presidentes y demás dignatarios de estos poderes minúsculos se ausenten para siempre de las futuras convocatorias anuales o semestrales. Han conocido el infierno.

La minucia, el inciso, el otrosí, son ídolos adorados con rigor togado. Tal vez fue Francisco de Paula Santander el prócer que envileció a los colombianos con la letra microscópica de leyes y reglamentos. Todos son felices perdiendo tiempo en su desciframiento y oprimiendo a los demás con su filoso látigo.

De las inmarcesibles horas y horas perdidas en gritos y falsos “con todo respeto”, se salvan algunos minutos que de milagro sirven para acordar el alza de la cuota y la remodelación de la fachada de la patria.

La gente no va a las asambleas a resolver problemas prácticos, va a ajustar cuentas con sus vecinos, a destilar bilis contra la vida. Es que en la democracia de los políticos y en las decisiones que de verdad importan, esta gente nunca tiene chance.

Las asambleas son fuente de amargura y recurso simbólico de la guerra. Son el otro viacrucis. Que los dioses nos expulsen de ellas.

arturoguerreror@gmail.com

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