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Una carta sobre la indiferencia con la paz

El proceso de paz y el lastre de los indiferentes

Una de las cargas que más daño le hacen a la mesa de conversaciones por la paz es la masa de los indiferentes. Frente a las decisiones trascendentales que allí se debaten, son los apáticos un lastre que puede llevar al traste las ideas más inteligentes. Se escudan en la comodidad de su mediocre estatus para no opinar, para no participar; son en realidad cobardes con su futuro, tienen temor a equivocarse y mucho más a acertar. Qué les dirán mañana a sus hijos cuando les pregunten: “¿qué hiciste, estuviste por la paz o por continuar la guerra?”. Aunque uno u otro bando se desgañiten tratando de convencerlos de la pertinencia de x o y planteamiento, siempre responderán con frases de cajón: todo sigue igual, siempre los mismos, no me meto en nada; es como darse contra una pared blindada, es un peso muerto.

Pero si todo se quedara ahí, no sería tan dramático; lo que sucede es que ese peso muerto juega a favor del statu quo, dejándose llevar por la corriente de los acontecimientos. Pero cuando se definan los hechos para los que fueron convocados, si los resultados no son de su gusto, se darán golpes de pecho y dirán que no tuvieron la culpa, que no fueron responsables, que nadie los hubiera oído.

El futuro del país se juega en estos días en La Habana, la masa ausente ignora la magnitud del cambio que se avecina, deja las decisiones en manos de unos pocos que debaten en aquel cónclave bajo sus visiones personales, con sus pasiones y ambiciones, con sus intereses, amores y odios, mientras las convocatorias para opinar y participar son desaprovechadas, mientras no se exigen con amplia participación toda clase de explicaciones y disposiciones favorables a la ciudadanía y al bienestar general.

Aunque la mayoría de las personas vivas en Colombia no conocemos un país en paz, sí podemos imaginarlo y proponerlo. Pero esto solo se hace participando en los foros, preguntando en las redes, opinando en cualquier medio que tengamos a nuestro alcance. Así, quienes están en el conciliábulo se sentirán observados y tendrán que medir las consecuencias de lo que allí se acuerde. Más daño le hace al proceso de paz el escepticismo que la oposición, las ideas si muchas mejor alimentan la discusión, el no participar no exime de las consecuencias de lo que allí se decida.

El nuevo respiro que se da a la mesa debe ser aprovechado creativamente por los ciudadanos colombianos, faltan comunidades por involucrar, faltan minorías, faltan reivindicaciones, pero no es esperando a que otros decidan, sino exigiendo participación ciudadana. Es mejor equivocarse por acción que por omisión. De lo contrario la historia pasará por la puerta sin invitarnos.

Gloria Upegui

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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