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El bramido de la montaña fue la advertencia. No lo pensó. Saltó de una pared a otra y en esas la tierra arremetió contra su casa y se la llevó loma abajo. Arlín Palacios Mosquera oyó los gritos de su hijo y le dijo que saliera de la casa porque la montaña se estaba desplomando. El niño obedeció, agarró el pantalón de su padre, dos teléfonos celulares y corrió afuera de la vivienda. Arlín salió de la casa y comenzó a lavarse las piernas. Al poco tiempo llegaron a ayudar los soldados del batallón de Policía Militar que está metros arriba de la construcción.
Los minutos pasaron rápidamente. Arlín oyó música, que sonaba en la casa de al lado. Les advirtió a los uniformados que ahí había gente. El soldado Carlos Arturo Dávila entró a la casa y sacó a Genaro Caicedo, de ocho años, desnudo. Volvió a ingresar a la construcción por una muda de ropa para el menor, que en ese momento se estaba cambiando, y hasta el cierre de esta edición no había vuelto a salir. La montaña volvió a rugir y una segunda avalancha se llevó la construcción de la madre del menor, Flor Yamira Caicedo (quien se encontraba labrando en el momento de la tragedia).
El hijo de Arlín, de 12 años, botó al barro el pantalón y los celulares de su padre y corrió hacia la casa de unos vecinos. El padre, presa del pánico, se botó encima del tejado de la casa que estaba más cercana y como pudo comenzó a bajar el cerro de tejado en tejado. Se cortó la mano, pero nada importaba, tan sólo salvarse. Todos los compañeros del soldado Dávila alcanzaron a esquivar el alud de tierra; todos menos dos, que quedaron atrapados, junto con Dávila.
Antes de las 12 del día, Jorge Iván Caicedo, el mayor de los hijos de Flor Yamira, la llamó para decirle que su casa se había venido abajo y que Genaro estaba enterrado entre el barro. Corrió, con la angustia dictando sus pasos. Llegó a la primera barricada que la Policía había dispuesto, en el barrio Caracolí de Ciudad Bolívar, para acordonar la zona y a empujones, entre llantos, se abrió paso. Les dijo a los auxiliares que cuidaban el lugar quién era y que su hijo estaba allá, sepultado. Nada oyeron y no la dejaron pasar. A empellones continuó su camino. La doblegaron violentamente y al piso fue a dar. Pero la fuerza de una mamá preocupada pudo más que los cinco efectivos y siguió su paso. Al llegar, entre las informaciones confusas, los gritos de los rescatistas, las sirenas de los vehículos de emergencia, un vecino le avisó que Genaro estaba bien, que no se preocupara. Doña Flor contempló el triste espectáculo de saberse sin una casa, sin nada.
Ayer en la mañana comenzó la evacuación del resto de las familias que aún quedan en riesgo en el sector. Doña Flor se acercó a un funcionario de alguna entidad distrital, quien le respondió que se preparara con todas sus cosas para ser reubicada. "¿Cuáles cosas, si me quedé sin nada?", respondió doña Flor. En la noche del jueves, como si la avalancha no fuera suficientemente trágica, los mismos habitantes del sector saquearon algunas de las casas que quedaron vacías. A la desgracia natural se sumó la desgracia del humano, del de al lado.
Ayer en la tarde, aún no se había podido lograr el rescate del soldado Dávila. Los cuerpos de socorro, que han trabajado sin descanso, aún no pierden la esperanza, aunque saben que las probabilidades de encontrarlo con vida disminuyen a cada minuto.