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En la Plaza de la Bolsa de Bruselas hace frío. A pesar de que es mediodía y supuestamente ya llegó la primavera, la humedad hace que, no importa cuántas chaquetas tenga puestas, sienta como que en mi espalda, mis brazos y piernas tuvieran permanentemente pegadas toallas mojadas y heladas.
El ambiente acá es lúgubre. La gente llega en silencio, prende veladoras, ora y deja mensajes escritos en el piso con tizas de colores. Son oraciones de amor y resistencia. Otros, escriben fragmentos de Imagine, la famosa canción de John Lennon sobre la paz.
Pero aunque vine a cubrir una noticia internacional, tres episodios hicieron que inevitablemente nuestro país estuviera presente durante todo mi recorrido.
Hace pocas horas llegué a la capital de Bélgica. Manejamos desde París porque no hay manera de volar o tomar un tren hasta acá. Los atentados terroristas perpetrados por el Estado Islámico en esta ciudad hasta ahora dejan como saldo 31 personas muertas. Es otro capítulo de violencia de este abominable grupo radical, que se suma a otros similares en París.
Primero fue Yudi. Llegó con una amiga mexicana hasta este sitio improvisado de reflexión cercado por una fila de periodistas que lo usamos como tiro de cámara de referencia para contar lo que está pasando en este lado del planeta. Me dice que se salvó de milagro. Tan solo cinco minutos antes de que los terroristas accionaran las bombas que llevaban atadas a su cuerpo, había salido de la misma estación para ir a su habitual lugar de trabajo. Mientras me cuenta su suerte, su voz se quiebra cuando reconoce que estaría feliz pasando este Miércoles Santo con su familia, preferiblemente almorzando un ajiaco caliente en Bogotá. Asegura que dejó Colombia buscando un mejor futuro y alejandose de nuestra guerra, que tampoco cesa. Ahora, dice, no sabe qué es peor y mucho menos qué hacer.
Luego fue la bandera. En medio de las ofrendas florales se alcanza a ver una bandera de Colombia. En realidad es una de Ecuador con el escudo de nuestro país y en ella está escrita la palabra Paz. También están las de Irak, Afganistán, Siria y Turquía. Todas naciones que llevan décadas añorando un respiro de las balas.
Y finalmente John Jairo, el colombiano vecino de los terroristas. Tan pronto terminamos los despachos en vivo de la mañana, fuimos hasta el barrio donde vivían los sospechosos del ataque. En la esquina, junto a una tienda de abarrotes árabes, escucho nuestro acento. Está tratando de comunicarse con unos reporteros franceses que le hacen preguntas en inglés. Le digo que soy colombiano y con lujo de detalles revela que vivía al lado de los atacantes y que sus hijas siempre sospecharon de ellos. Me dice que ya no quiere vivir en su apartamento, porque finalmente entiende por qué la energía del lugar no era la mejor.
Increíbles coincidencias, pero no voy a negar que duele enormemente que estos encuentros por todo lado estén ligados por la violencia y el terror.