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De dioses y demonios

Melba Escobar
23 de marzo de 2016 – 02:25 p. m.

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Jorge Luis Borges solía decir de la Biblia que se trata del mejor libro de ficción que se haya escrito.

Ficción o no ficción, es una discusión bizantina que podemos tener, pero que difícilmente nos llevará a conclusiones confiables. Desdibujar las barreras entre cuánto hay de verdad en la mentira y de mentira en la verdad ha sido parte de la orfebrería de la literatura desde siempre, y lo sigue siendo hoy día. “Hacer creer que” algo sucede, algo es cierto, incluso más cierto que la realidad, es parte del trabajo de las historias.

Y es que las historias son, a fin de cuentas, el motor de toda cultura y, por ende, de un sistema de creencias sobre el que se estructura una sociedad. Son el combustible sobre el cual se ordena la vida diaria, las jerarquías, la política, la familia, las relaciones humanas.

La Biblia nos habla de amor y desamor, de infidelidad, codicia, envidia, bondad y sacrificio. Las tragedias griegas trazaron conceptos tan vigentes como el incesto, el complejo de Edipo y el complejo de Electra. A su vez, las tragedias de Shakespeare abordaron temas como la violación, el destierro, el parricidio, la locura, la diferencia de clases, las consecuencias de la desobediencia a las normas sociales y el inefable destino. ¿No es el destino un concepto contrario al de religión? ¿No plantea éste que al final no podemos controlar lo que ocurre afuera de nosotros mismos, mientras que la religión nos hace promesas a menudo incumplidas de perdón, reconciliación y redención a cambio de buenas acciones?

¿Son las sagradas escrituras las que prometen esa lógica de salvación a cambio de sacrificios, o es la lectura que hemos hecho de ellas? ¿No dicen los que saben que en el Corán no hay un solo gesto de odio, ni explícito ni tácito? ¿Es posible que creemos historias, historias como catedrales, para luego darles interpretaciones que puedan construir jerarquías, elevar templos, crear rituales, salvar al enemigo o cometer masacres? ¿Cómo leemos esas historias, tan fuera del tiempo, en nuestros días? ¿De qué manera las usamos, como si fueran armas, en contra de nuestros enemigos, tan imaginarios como los personajes de las historias que inspiran nuestros credos?

Recuerdo haber visto Made in USA, la película peruana donde el padre de una muchacha espera fervientemente a que sea sábado santo para tener sexo con una de sus hijas, pues ese día Jesús está muerto y por lo tanto no puede ver su pecado ni mucho menos castigarlo.

Creamos el cielo y el infierno, en esta tierra y en otros mundos, para creer hasta hacer realidad aquello en lo que creemos, para usar la magia como un revólver o como un talismán, para simplificarlo todo hasta esperar a que muera el hijo de Dios por tres días y así cometer el pecado tan ansiado.

Creamos la regla solo para inventar la forma de violarla. Mientras en pleno siglo XXI siguen apareciendo ángeles en las colinas de los barrios que como pesebres se alzan en nuestras ciudades latinoamericanas, otros se inmolan en las capitales europeas para honrar a un dios furioso que solo encuentra la calma con la sangre de aquellos a quienes considera enviados del demonio.

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