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Un canto al parque

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Dice el diccionario que un parque es un terreno acotado de gran extensión, con plantas y árboles, destinado a usos diversos, especialmente a pasear.

Me gusta esa función que le da el diccionario al parque: «destinado a uso diversos», porque ahora que vivo muy cerca de la llamada «Ciudad de los parques» siento que este espacio es una precisa y bella escenificación de la vida. Con sus bondades y perversidades. Pero hoy quiero compartir con ustedes las bondades.

Mi memoria filtra unos diez parques en los que he vivido, llorado, amado y asistido a la felicidad. Esta que ofrezco es una amalgama de ellos.

Casi todos los parques que he habitado están vigilados por la mirada de hombres –pocas veces mujeres– víctimas de una medusa tenebrosa que los condenó a una impertérrita eternidad de piedra. Triste destino el de un héroe, o acaso se trata de la suerte merecida para aquel que trascendió sin tener reales méritos.
Parque del trópico, espacio verdecido por los almendros. Parque frente a la iglesia cuyas campanas apuraban el beso y el apretón de manos, allí florecía en las fiestas patronales el multicolor castillo o juego de pólvora que nos dejaba la nuca acartonada.

Parque en el que vimos nacer los primeros raspones en la frente, en el codo, en la rodilla. Parque de la primera bicicleta. Alguna vez hicimos la competencia para elegir al que tuviera la cocá o china (raspón en la rodilla) más grande y acuosa. Parque de la competencia del ajedrez, el parqués y el dominó, largas tardes en que la ficha se estrellaba contra las bancas de cemento y sonaba tan fuerte como nuestra cabeza aterrizando del columpio a la tierra.

Parque para arreglar el país, para tomar tinto, para embebernos ante las manos y el cuchillo de Juancho Perico pelando la naranja dulce y jugosa. Allí también acontecía la espera de la enamorada a ver si por fin se asomaba y se daba una vueltica para picarle el ojo. Parque teatro para festejar actos culturales, festivales de declamación, para dar vueltas y más vueltas como el mejor programa antes de que sonaran las doce que anunciaban el año nuevo.

Parque para ver subir el humo del tabaco y de la calilla y más adelante del porro de marihuana. Parque para que el loco que se cree Juan Gabriel cante sábado a sábado y lo aplaudan treinta y más personas siempre dispuestas a reírse de lo mismo, porque no hay nada tan confiable como la costumbre. Parque de la chaza con cigarrillos, chicles, aromáticas. De la mesa con arepa e huevo y empanadas.

Parque valeroso que aún resiste la avanzada despiadada que derrota a los árboles y tapiza de cemento su espacio, creando desiertos elegantes para que el sol se imponga sobre el fresco que los árboles brindan. Parque valeroso, desplazado también por esas nuevas iglesias llamadas centros comerciales. Parque acorralado –cuando no destruido-por la aplanadora inmobiliaria.

Parque en el que una tarde, como diría la poeta Yirama Castaño: vi que los caballos del carrusel eran reales y los jinetes de plástico. Parque donde otra tarde apareció una mujer tan diminuta que apenas si podía sostener su acordeón piano y como quien inicia un ritual sagrado empezó a detener el tiempo con esta melodía eterna: Volver,/ con la frente marchita/las nieves del tiempo/ platearon mi sien./Sentir que es un soplo la vida,/ que veinte años no es nada…
 

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