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Más de un cuarto de siglo después de la caída del muro de Berlín, con la visita de Obama a Cuba parece, por fin, terminar la Guerra Fría. Si dos antagonistas como Obama y Castro pueden verse y hablar y tomar decisiones para acercar los dos países, ¿cómo no vamos a ser capaces en Colombia de emprender un proceso de reconciliación?
La oportunidad de salir de la jaula del conflicto colombiano, típico de la caduca Guerra Fría, está al alcance de la mano. Los intentos fallidos (hace 35 años) deben quedar atrás. Hemos sido mejores para pelear entre nosotros que para hacer las paces y convivir tranquilamente. El saldo, terrible, ha sido un “pierde-pierde”.
Distintos hechos recientes, incluido el aplazamiento de la firma del acuerdo, han contribuido a enrarecer el ambiente y multiplicar el escepticismo de muchos colombianos. Sin embargo, no hay tiempo para sacar a relucir los maniqueísmos y las posiciones ideológicas, más propios de la época, ya caduca, de la Guerra Fría.
Hay, en el mundo entero, una verdadera explosión de reivindicaciones que dejan obsoleta la simplista división de la política entre izquierda y derecha. Los debates y las exigencias de políticas alrededor de las inequidades de género, del medioambiente, los derechos étnicos, las responsabilidades ciudadanas, la economía colaborativa y la sociedad del conocimiento, las competencias del siglo XXI, entre otros ámbitos, hacen de la confrontación entre derecha e izquierda un teatro de dinosaurios.
Problemas de mayor calado, como el de cómo derribar la tasa de desempleo de los jóvenes, cercana al 20% (sin incluir el subempleo), son los que nos deben convocar a todos, independientemente de la ideología. ¿No es ese un reto prioritario?
Muchos ciudadanos, de buena fe, ven con profunda desconfianza el acuerdo de paz. A ellos, sólo un argumento: de seguir como hemos venido haciéndolo por cinco décadas, el costo en vidas, daños al medioambiente, desplazamiento de millones, daños a las familias por los secuestros y las desapariciones es, de lejos, superior a lo que la sociedad invierta en proyectos que nos permitan una mejor convivencia. Es la base para una sociedad con mejores condiciones de vida y más productiva.
Es sencillo: menos gente armada dispuesta a disparar y más energía de los colombianos en estudiar más, producir y competir mejor en el contexto de un mundo global implacable en el que el conocimiento resulta ser el factor productivo más importante.
El acuerdo como tal no garantiza paz a largo plazo. La paz de construye entre ciudadanos, niños y jóvenes responsables, solidarios, respetuosos. El hábito de indicarle al otro, desde cualquier trinchera ideológica, qué debe o no debe hacer, debe ser sustituido por la intención de construir en conjunto.
Que la Semana Santa nos inspire. Colombia es un país de un enorme potencial, si nos da la gana trabajar en equipo.