
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
¿Cuál es la tarea del arte? Con más precisión: ¿cuál es la tarea del arte cuando se vive en un país cuya historia se ha criado sobre mutilados, desaparecidos, torturados y víctimas? Doris Salcedo tiene una respuesta por lo menos definida: el arte es una forma del duelo. “He llegado a encontrar personas que han tenido la generosidad de compartir conmigo su dolor”, dijo Salcedo, de acuerdo con un artículo en la revista Semana. “El dolor constantemente está siendo revivido. Pienso que permite el establecimiento de otro tipo de relación con la realidad. La distancia entre ellos y yo desaparece, permitiéndole a su dolor alcanzarme, llegar a mi centro. Si yo logro que una buena pieza circule por el centro de la sociedad, entonces su dolor ingresa al núcleo de esta sociedad y llegarán a ser los principales protagonistas”.
De ese modo, el arte se convierte en el modo de representación de un hecho. Quizá no del hecho mismo, sino de su aura: de todo cuanto ese hecho anuló. Las obras de Doris Salcedo (Shibboleth, Unland, Atrabiliarios, La casa viuda) son, como dice ella parafraseando a Borges, el hecho que nunca ocurre. Eso: un vacío. Eso: el modo de cerrar una herida. “Cada una (de las obras) intenta mostrar esa marca específica que los tipos de crímenes dejan sobre las víctimas”, dice Salcedo en una entrevista de la serie Arte, violencia y memoria en Razón Pública. “Es mostrar la textura de la violencia (…), cómo quedan estas personas marcadas, y tomar ese vacío que generamos alrededor de las víctimas y justo ahí, en ese espacio, inscribir la imagen, la obra que estoy haciendo”.
Cuando pasa el tiempo, y ni los historiadores ni los políticos tienen la habilidad de recordar la historia más allá de los meros documentos, el arte se sostiene como un registro de la memoria, de la cicatriz y del modo en que esa cicatriz, a pesar del dolor, se convierte en dignidad. “La reproducción de una imagen no impide la violencia. El arte no tiene esa capacidad. El arte no salva. (…) Pero al sellar cada tumba con una imagen, en un país que es el país de las fosas comunes, de los desaparecidos, el arte sella cada cosa, es como si el ritual funerario hubiera ocurrido”. Por eso el trabajo de Doris Salcedo produce, a un mismo tiempo, una huella en la memoria (que atiende el llamado insistente de las víctimas, de los desgraciados y los sin tierra) y una forma de resistencia: como escultura recoge la real experiencia de la muerte y el vacío; como imagen tiene la capacidad de enfrentar la barbarie con sutileza.
“Hay una imagen que no es que narre lo que ocurrió, ni consuele a la víctima, ni le facilite al duelo”, dice Salcedo, “pero sí nos dignifica a todos como seres humanos. Es una memoria que no es específica. Es inmemorial”. Doris Salcedo ha sido capaz de encarar la desmemoria de un territorio cuya regla ha sido olvidar, desplazar los dolores con una simple amnistía, realizar acuerdos políticos que dan la espalda a los verdaderos protagonistas de la violencia: las víctimas. En medio de ese caos, sus obras resultan un punto de espera, de reflexión. Un claro en el bosque horroroso.