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¡Pobre cultura política!

Mario Méndez
15 de marzo de 2016 – 09:00 p. m.

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Cuando hablo aquí de cinismo no me refiero a la escuela griega que fundara Antístenes, el discípulo de Sócrates y a la vez maestro de Diógenes, ese desparpajado filósofo que dejó tantas lecciones de sencillez y de grandeza, enaltecedor de la vida sencilla y que calmara la sed valiéndose de su propia mano hecha recipiente y acompañado de un gozque.

Se requiere desprendimiento para admirar la condición de quienes se matricularon en esta forma de pensamiento, y, cuando se acomete la tarea de mirar las cosas en profundidad, es muy fácil advertir que a través de la distancia de más de 2.500 años nos encontramos con personajes que trascendieron el formalismo, así en ocasiones llegaran a la mayor crudeza en su desprecio por todo lo vacuo y no esencial.

No. No vamos a hablar más de Diógenes ni de Crates ni de Hiparquia ni de sus seguidores. Sencillamente queremos compartir con los lectores un sentimiento de inquietud y desolación por lo que ocurre en el país, todos los días, cada vez con más ejemplos de estrechez en la mirada sobre las cosas y los hechos. Hay quienes, con tal de salirse con la suya, cínicos no filosóficamente, se desentienden del impacto de sus acciones ventiladas en el espacio de lo social. ¡Qué grave para la cultura política que no nos percatemos de lo que sembramos en el cerebro de la gente nueva cuando se nos van las luces de la cordura!

En efecto, es delicada la responsabilidad que nos cabe cuando hablamos o escribimos o extendemos el alcance de nuestras palabras hasta más allá de lo inofensivo. ¿Cómo proceder para no moldear en los niños, en los jóvenes, una tendencia nociva de ser y hacer cuando se dispone de los medios de difusión y se cuenta con seguidores? La respuesta no puede ser otra que tener claridad acerca de la responsabilidad social que le cabe a cada personaje público, en virtud de ciertas circunstancias que otorgan el privilegio de compartir reflexiones o cuestionamientos.

En la medida en que no se actúa con plena prudencia y se juega al matoneo y el cinismo verbal, pero entendido como la carencia de sonrojo y un mínimo de mesura, se está dejando una malsana simiente para quienes hacen fila en su ingreso pleno a la sociedad, marcando desde ahora —un ahora que viene galopando de tiempo atrás— la índole de una comunidad nacional que no proyecta lo mejor del hombre sino los rasgos de lo peor que se puede mostrar. En este sentido, es dolorosamente perceptible la paulatina permisividad que se observa en el panorama de los hechos sociales.

Nuestra terquedad proviene de lo que consideramos un deber político, en el sentido más elevado del término: decir, explicar, aclarar, participar dándolo todo en materia de pedagogía, para que el país algún día pueda ser más respirable. No es moralmente válido que, en función del ejercicio de la palabra, cada uno, respetable o embaucador, haga y diga lo que se le antoje, pues no es lícito abstraerse de unos mínimos índices de pudor que nos permitan vivir en paz con la conciencia.

* Sociólogo de la Universidad Nacional.

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