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“La dubitación de Obama para unirse a la guerra de Siria es presentada por sus críticos como prueba de que es muy ingenuo; su decisión en 2013 de no disparar misiles es prueba, argumentan, que es un “bluffer” (cañero)”.
Esta crítica frustra al presidente, dice Jeffrey Goldberg en la entrevista a Barack Obama en The Atlantic sobre sus decisiones más difíciles de política exterior. “Nadie recuerda a Bin Laden”, dice Obama. “Nadie habla de que ordené 30.000 tropas adicionales para Afganistán”.
Todavía faltan nueve meses de la Presidencia Obama, en que las principales apuestas de política exterior del presidente norteamericano —como el acuerdo nuclear con Irán, o su intervención “light” en Siria, o las relaciones con Cuba— pueden florecer o fracasar, pero la visión Obama del mundo es suficientemente clara para hablar de la Doctrina Obama. Se reduce a cambiar la retórica y la acción militarista de George W. Bush, por el uso de la diplomacia y la negociación. A abandonar la teoría intervencionista y regresar a la realista de Bush padre, que Obama admira. La doctrina Obama se basa en que su país no debe aparentar tener la capacidad de solucionar los problemas internacionales, primero porque no la tiene, y segundo porque pocos conflictos amenazan realmente la seguridad de los Estados Unidos. Dice Obama: “si no hubiera habido un Iraq, ni un Afganistán, ni un Libia, quizáS habría estado más dispuesto a tomar riesgos en Siria. Cualquier presidente sensato tendría dudas de asumir compromisos exactamente en la misma región, con exactamente la misma dinámica y las mismas probabilidades de un resultado insatisfactorio”. Agrega Obama que para tener éxito liderando el mundo, Estados Unidos debe evitar ser simplista, asegurar que sus debates políticos estén aterrizados en la realidad. “No es que no aprecie el valor del teatro en la comunicación política; es que los hábitos en que nos hemos metido los medios y los políticos están tan alejados de lo que necesitamos hacer, que satisfacer la “fiesta mediática” me implicaría tomar decisiones cada vez peores”.
Para responder a las críticas de debilidad y el contraste con presidentes afamados en política exterior, Obama sostiene que el éxito de Reagan fue identificar la oportunidad que brindaba Gorbachev para integrarlo en negociaciones diplomáticas intensas, y para contrastarlo con los métodos duros que usó en Centroamérica y que algunos aclamaban como éxitos, recuerda que el mayor enemigo de Reagan —Daniel Ortega— es todavía presidente de Nicaragua. Y discute la teoría Nixon planteando que soltó más bombas en Cambodia y Laos que las que se usaron en la segunda guerra mundial, y sin embargo tuvo que negociar.
Obama resume su doctrina en “el verdadero poder está en conseguir los propósitos sin tener que usar violencia”. Algunos llaman eso débil pacifismo, pero es realismo, porque no renunció al uso de la fuerza como muestra la acción militar en Siria cuando no quedó alternativa. Pasará a la historia como un presidente práctico que entendió las necesidades de su tiempo luego de los fracasos del macho militarismo. Un presidente que corrió los riesgos políticos de buscar la paz, como solucionar el conflicto con Irán vía negociación, evitando a tiempo que se convirtiera en una tragedia peor que la de Iraq.