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La virgen sus cabellos arranca en agonía porque las Farc hacen “pedagogía con armas”. Como si nadie lo hubiera hecho antes. Como si algunos indignados que repudian el acto fueran ajenos a faenas similares.
En 2012, vi a Álvaro Uribe —entonces expresidente, sin curul— llegar a un colegio privado a dictar su cátedra “Liderazgo” rodeado de guardaespaldas armados hasta los dientes. Durante su Presidencia, los Consejos comunales correspondían al mismo paradigma: “Aló presidente [Hugo Chávez] y los Consejos comunales se difunden gracias a emisiones radiotelevisadas y sirven de tribuna para presentar y defender sus políticas gubernamentales”*.
Dos años después, fui testigo de cómo el abogado Jaime Restrepo (Centro Democrático) se dirigió a un auditorio universitario, en calidad de “panelista”, con un arma debajo de su blazer.
La pedagogía implica un pacto entre maestro y aprendiz. No obstante, dicho acuerdo no siempre honra la libertad (“estudié medicina porque mis padres me obligaron”; “fui a tal colegio porque era el más cercano”…). Cátedra, consejos comunales y algunos foros se podrían inscribir en el espectro del adoctrinamiento, forma de la pedagogía que evade el pensamiento crítico. “Los pactos, sin la espada, son palabrería”, diría Hobbes.
Los casos citados evidencian que, para el Centro Democrático, el inconveniente no radica en “la pedagogía con armas”. Los problemas (en plural) son otros: primero, lo que resulta conflictivo no es el porte de armas ni el “entorno pedagógico”, sino la filiación (política, social, intelectual) del sujeto armado. Y, segundo, lo más grave: si el “pedagogo” armado es “de los míos”, es irrelevante sostener una discusión en torno a si es legítimo o no que porte las armas.
Este discurso de indignación tambalea sobre la cuerda floja que conecta dos extremos distantes —aunque para muchos sean vecinos—: el de lo legítimo y lo que es socialmente legitimado.
“La derecha nueva sabe lo que quiere el pueblo y sabe, sobre todo, explotar la distancia entre lo que el pueblo quiere y lo que imponen las leyes: si el pueblo quiere una cosa contraria a lo que prescribe la ley, el primero debe prevalecer […]”, analiza Raffaele Simone*.
¿Qué carga este discurso?
El libro Chuzadas (Ediciones B, 2016), de Julián F. Martínez, es un recorrido por las interceptaciones y seguimientos del DAS durante el mandato de Uribe. En septiembre de 2003, frente a la tropa en Catam, el entonces presidente calificó a las ONG como “traficantes de derechos humanos”, “al servicio del terrorismo”. Martínez también recuerda que la “Operación Transmilenio” buscaba “neutralizar las acciones de las ONG en Colombia y en el mundo”.
“Traficantes”. “Terrorismo”. “Neutralizar”.
Recientemente, la senadora Paloma Valencia se declaró en “rebeldía contra la dictadura” por la captura de Santiago Uribe. Al mensaje de insurrecta lo carga de sentido el lugar físico, político, social e histórico/coyuntural de su emisión.
“Rebeldía”. “Dictadura”.
Ya quisiera la munición el calibre de un hombre cargado de tigre.
*En: Hugo Chávez y Álvaro Uribe, la fuerza de las palabras, de María González Binetti. Instituto Caro y Cuervo, 2013.