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No lo puedo negar: en parte me alegran los triunfos recientes de Donald Trump. Sus éxitos han revelado la estrategia fallida del partido Republicano, y a la vez su decadencia ideológica.
Trump es una creación del establecimiento republicano, aun si éste se declara escandalizado con su presencia. Han fabricado un monstruo, y ahora que él lidera las primarias y amenaza con destruir el partido, lo quieren atajar, pero es demasiado tarde. Eso se llama justicia poética.</p<Una de las tesis más insidiosas e irresponsables que han esgrimido los republicanos desde hace años es que el Gobierno pretende arrebatarle las armas y las libertades a la gente, y que no es la solución sino la causa de los problemas del país. Esta queja se oye entre quienes ignoran de veras lo que es un mal gobierno, y entre quienes olvidan que para que salga el agua de los grifos de su casa, que funcione el alumbrado público, que las calles estén asfaltadas, y que las fuerzas armadas sean fuertes y estén armadas, todo eso depende de la administración pública. Y cuanto mejor sea el Gobierno, mejor operan esas cosas en la sociedad. Pero esa crítica constante al Gobierno ha calado, y por eso una parte del pueblo apoya a quien no hace parte del Gobierno. Trump es el antipolítico que canaliza la rabia y el desencanto con la clase política. La diferencia entre él y Sanders, que la gente no siempre advierte, es que Sanders le echa la culpa, con razón, al puñado de magnates y grupos económicos que han fomentado la desigualdad social del país, mientras que Trump se la echa a las minorías que son, como siempre, chivos expiatorios de los pecados de los grandes. En suma: Trump es fruto del veneno destilado por los líderes de derecha, y ahora que está ahí, no saben cómo deshacerse de él. Tendrán que comerse su propio cocinado.
Además de desprestigiar la gestión pública, el partido Republicano en EE. UU. no ha dudado en atentar contra su propia nación, chantajear al presidente para lograr sus objetivos políticos, deteriorar a propósito la calificación económica del país, impedir la inversión en la infraestructura nacional para que el presidente no se luzca con ese desarrollo, y hacer lo posible por maniatar y descalificar al primer mandatario. Que este sea afroamericano no es casual. El racismo que anida en ese partido, lo estamos viendo, es enorme y repugnante. El solo hecho de que la tercera parte de quienes han votado por Trump lamenten que el sur haya perdido la guerra civil, lo dice todo.
Ahora, no importa que Trump diga cosas que horrorizan a los sensatos. Que él se presente como una alternativa a la clase política y que critique a los políticos por ineficientes y corruptos, lo postula, con una franja seducida por el discurso de derecha, como una opción atractiva. Y tampoco importa que lo ignore todo sobre política exterior o interna. Quienes lo apoyan son igual de ignorantes, y les fascina su diatriba antigobierno y antipolítica.
En fin, no sé si lo alcanzan a escuchar: esas gárgaras que suenan a lo lejos son los estertores de un partido que se ha suicidado lentamente. Lo malo es que ahora que este monstruo camina entre nosotros, aplastando a las minorías, a las mujeres, a los inmigrantes, a quien piensa o luce distinto, todos pagaremos por ese suicidio colectivo, y será con sangre.