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«La fe vino después»

El archimandrita padre Tijon dirige un icónico monasterio de Moscú, con una reconocida agrupación coral. Además figura por ser autor de un ‘best-seller’ y su supuesta cercanía con círculos políticos en Rusia.

Santiago La Rotta
07 de octubre de 2014 – 11:36 p. m.
El archimandrita, cuyo nombre de nacimiento es Georgy Shevkunov. / Óscar Pérez
El archimandrita, cuyo nombre de nacimiento es Georgy Shevkunov. / Óscar Pérez
Foto: Oscar Perez

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Un estudiante de la mejor escuela de cine de la Unión Soviética que terminó por asumir los hábitos de la Iglesia ortodoxa rusa en tiempos de ateísmo soviético y que, además de dirigir un polémico documental acerca de la caída de Bizancio, escribió uno de los libros más vendidos en la historia editorial rusa reciente, superando incluso a Cincuenta sombras de Grey. El archimandrita padre Tijon dirige el icónico monasterio de Sretenski, en Moscú, que fue construido luego de que los ejércitos de Tamerlán se alejaran de la ciudad gracias a la aparición de la Virgen: “Tamerlán, puedes conquistar Moscú, pero no saldrás con vida de esta aventura”. Al día siguiente se retiró del lugar y, más bien, enfiló sus lanzas contra el enemigo de los moscovitas.

De cierta forma, el archimandrita Tijón también resguarda algo quizá tan importante como el monasterio mismo: la fe de Vladimir Putin, presidente de Rusia.

“No hace falta siquiera que me traduzcan la pregunta: los periodistas se han encargado de escribir estas cosas”: es su respuesta a la pregunta de si es el confesor de Putin. El religioso se ríe al responder y, como en otras entrevistas, no niega de tajo la relación con el líder político. Relación que parece haber nacido a finales de 1999, cuando el ahora presidente aún trabajaba para los servicios de inteligencia rusos, conocidos como FSB, y se acercó un día a las puertas del monasterio Sretenski.

Para todas sus supuestas conexiones políticas, un terreno más bien gris, con muchas conjeturas y rumores en la prensa, el archimandrita deja en claro que su interpretación de la religión va más allá de ser una herramienta de la política de Estado: “La religión es un camino hacia el ministerio de la pacificación”, dice este hombre que afirma que el reino de lo espiritual es mucho más amplio que la realidad de la vida terrenal.

La visión del archimandrita parece exceder los límites temporales de la política, y de los políticos, al menos a juzgar por su propia entrada a la vida religiosa, que se dio aún bajo el dominio soviético, un tiempo de duras persecuciones contra figuras de la Iglesia ortodoxa que, por cierto, ha sido señalada por algunas voces disidentes de colaborar con los organismos de inteligencia en esta labor. Eran tiempos en los que conseguir una Biblia era una labor compleja, e incluso peligrosa, pero que también convirtieron la religión en un fruto prohibido en medio del ateísmo sistemático.

Según una encuesta de 2010, la Iglesia ortodoxa es la segunda institución más confiable para los rusos, a pesar del cultivo de décadas de una sociedad que negó científicamente la posibilidad de la creencia.

“Entré a estudiar cine por la sola razón de que no pasé los exámenes de la facultad de medicina. La fe vino después. Oí el llamado de la religión y comencé a interesarme profundamente en las historias de los hombres religiosos de Rusia, gente que vive en todo tiempo y que puede conocer a una persona con sólo verla una vez”.

Más allá de la mística, aunque sin alejarse de ésta, el ejercicio de la fe ortodoxa fue una forma de resistencia para algunos que pasaron por salas de tortura y viajes obligados a los campos de trabajo en Siberia.

El archimandrita Tijón reconoce y resalta estos hechos en su libro, que hoy cuenta con traducción al español bajo el título de Santos sin santoral y habla de la Iglesia como una de las pocas cosas permanentes a través de la turbulenta historia rusa. Esta perspectiva, si bien tiene algo de paternal en el sentido más protector del término, también entraña una posición de poder muy ventajosa e influyente. “Todo en la historia rusa está relacionado con el cristianismo. La religión les da fuerza a millones de nuestros compatriotas”.

Un punto que pudo apreciarse en el polémico juicio contra las activistas de Pussy Riot, que fueron detenidas después de organizar una presentación en la catedral de Cristo Salvador de Moscú. A pesar de la protesta de sectores liberales y la presión de organizaciones internacionales (además de un nutrido grupo de artistas como Madonna, por ejemplo), dos de las activistas fueron condenadas a dos años de prisión por una suerte de desorden público mezclado con irrespeto a la fe. Aunque al final las condenadas recibieron una amnistía, el proceso ilustró el nivel de influencia que la curia parece tener hoy en día sobre algunos círculos políticos de Rusia.

slarotta@elespectador.com

@troskiller

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