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¡Pellizquémonos!

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Luego de cuatro años de ausencia, estoy feliz de regresar a mi columna. ¡Gracias Fidel!

Estuve lejos, pero nunca dejé de sentirme cerca. Al otro lado del charco, leía más sobre el país que cuando estoy acá. Antes de que aquí se despertaran, yo ya sabía todo lo que los grandes medios, y los pocos alternativos que hay, tenían que decir acerca de los acontecimientos del día.

Y muchísimo ha pasado en estos tiempos, especialmente en materia de paz.

Los avances en La Habana son históricos. Por primera vez en los muchos diálogos que ha habido en Colombia, las víctimas están en el centro del proceso y se habla de los orígenes del conflicto, la verdad, la memoria y el esclarecimiento histórico. Por primera vez, generales en retiro y militares activos hacen parte de las delegaciones del Gobierno. Por primera vez, se establecen mecanismos de justicia restaurativa enmarcada en el DIH y el Estatuto de Roma. Por primera vez, la ONU jugará un papel central en la verificación. Nunca antes había existido un clima internacional tan favorable para la paz en Colombia. Y como si todo esto fuera poco, estamos ad portas de la firma del Acuerdo Final, con el cual se inicia la implementación de acuerdos sobre temas nodales como el desarrollo agrario y la participación política, así como la dejación de armas por parte de la guerrilla más grande y más vieja de América Latina.

Me imaginaba que regresaría a un país emocionado por estar tan cerca del fin de una guerra tan prolongada y degradada. Pero me estrellé con otra realidad.

La gran mayoría de la gente con quien me topo en las calles de mi querida Bogotá oscila entre el desinterés, el escepticismo y la oposición, que quizá se explica por el desconocimiento, la desconfianza por los fracasos del pasado y la distancia con la que se percibe el conflicto. También inciden las muchas piedras que el uribismo, el procurador y algunos medios le lanzan a diario al proceso.

Tuve también la oportunidad de escuchar las voces de personas de los territorios donde se ha desarrollado la guerra y, aunque la actitud es otra, también hay mucho inconformismo. Todos apoyan el acallamiento de los fusiles y tienen mucha expectativa por lo que viene, pero no se sienten partícipes. Desconfían del Estado por sus innumerables incumplimientos y tampoco se ven representados por las Farc. Se quejan de que temas centrales, como el modelo de desarrollo y la minería, quedaron por fuera, y les preocupa el paramilitarismo aún no desmontado.

El país –tanto urbano como rural— no parece tener consciencia de la trascendencia del camino andado ni de los retos del post-acuerdo que se avecina. Se trata, nada más ni nada menos, del paso más significativo que hasta ahora se haya tomado hacia la terminación del conflicto armado.

Es evidente que unos quieren la paz para que todo siga igual y otros que la queremos para que las cosas cambien de verdad. Por ello, debemos entenderla como una gran oportunidad para iniciar una nueva etapa en la transformación democrática del país.

¡Pellizquémonos!

danielgarciapena@hotmail.com

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