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Para no olvidar a la UP

El escritor investigó por meses el genocidio que acabó con todo un partido político en los años ochenta y noventa. Su estudio, que contó con el apoyo de la Alcaldía de Bogotá, le permitió obtener el nombre de 1.598 de las víctimas.

25 de diciembre de 2011 – 01:48 p. m.

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“Mientras no se cure la herida que causó el exterminio de la Unión Patriótica, no habrá paz en Colombia”. Así lo dijo en entrevista con El Espectador Roberto Romero, la persona que por meses investigó este genocidio y que, producto de esa labor, escribió el libro Unión Patriótica. Expedientes contra el olvido, una radiografía de esta matanza que acabó con uno de los partidos de izquierda más prometedores de la historia reciente de nuestro país, que surgió como resultado de los diálogos de paz de 1984 entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc.

Este libro de 435 páginas no se dedicó únicamente a recordar este crimen. Romero, otrora miembro de la Unión Patriótica, estudió todos los ejemplares que salieron del periódico de izquierda Voz en los años ochenta y noventa, y como resultado obtuvo el nombre de 1.598 víctimas, con lugar y fecha de su muerte. La primera de ellas: Milcíades Contento, asesinado el 6 de abril de 1984 en Viotá (Cundinamarca); la última: Ana Garavito, asesinada el 30 de diciembre de 1997 en Arauquita (Arauca).

Asimismo, recopiló los testimonios de un número de importante de personas que como él vivieron en carne propia el exterminio de la Unión Patriótica, entre ellas los exconcejales de Bogotá Aída Abella y Jaime Caycedo Turriago.

Igualmente, este trabajo le permitió a Romero denunciar la impunidad que ha habido alrededor del genocidio de la Unión Patriótica y que, según los resultados arrojados por la investigación, asciende al 91%. De los 1.598 crímenes que documenta, sólo 137 han dado lugar a una sentencia judicial.

Asimismo, el estudio identifica las regiones donde más miembros de la Unión Patriótica fueron asesinados: Meta y Antioquia. En el primero de estos dos departamentos hubo 458 víctimas mortales; en el segundo, 385. Es decir, más de la mitad del total de militantes asesinados.

El investigador resaltó que en esas zonas el partido de izquierda se consolidó con más fuerza, lo que generó el rechazo de personas que fácilmente pasaron de las críticas a la violencia. “La intención fue clara: acabar con el partido y con el tejido social que permitió su nacimiento”, dijo Romero.

Para ejemplificar su hipótesis recordó la masacre de Segovia (Antioquia), ocurrida el 11 de noviembre de 1988. “Los paramilitares llegaron y mataron a todas esas personas. Luego, antes de irse escribieron en las paredes: ‘No vuelvan a votar por la Unión Patriótica. Eso les causa la muerte’”. Resultado: ese partido perdió todo su poder en la región.

Al preguntársele sobre los señalamientos que dicen que a la Unión Patriótica la exterminaron por sus vínculos con las Farc, recordó que después de unos años la Unión Patriótica se desligó de la organización guerrillera y pasó a condenarla. “Por ejemplo, Bernardo Jaramillo Ossa rechazaba tajantemente a las Farc e igual lo mataron”, dijo Romero, quien agregó que el fin último del partido era conseguir la paz. “Y ese anhelo sigue vivo”, confesó.

“Para cumplir con ese clamor de paz es necesario que haya cambios. La sociedad tiene que aceptar que permitió este genocidio y debe pedir perdón”, comentó este escritor, que, a pesar de todo el impacto que le generó el exterminio de la Unión Patriótica, no dejó de recordar con alegría algunos de sus momentos en la izquierda colombiana.

“Yo le gané una elección a Alfonso Cano —afirmó Romero sonriente—. Los dos nos presentamos para el cargo de secretario distrital de la Juventud Comunista, pero yo quedé. Se puso tan bravo que decidí que era mejor renunciar y dejarle el puesto a él”.

Por último, confesó que después de un tiempo ya no lo impresionaba escuchar de compañeros caídos y recordó que, como lo escribió la alcaldesa Clara López en el prólogo a este libro, en cada funeral la gente se despedía diciendo: nos vemos en el próximo.

“La frustración llega a ser tal que uno ya no siente. Creo que es por eso que la sociedad colombiana está tan aletargada, de tantas tragedias que ha vivido”, concluyó.

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