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Generación afecto

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Hablemos de ustedes, que con las manos atrás enseñan viejas fórmulas y repiten antiquísimas verdades, sin darle cabida a nada nuevo, pues lo nuevo no existe según sus libracos, por supuesto. Hablemos de ustedes, que amparados en un cargo se regodean con sus palabras y sienten que sus palabras son la verdad, aunque no sea más que una verdad heredada de cientos y cientos de sus antecesores.

Hablemos de ustedes, señores, que amedrentan, que castigan, que amenazan, y sobre todo, de ustedes, que dicen y repiten “la juventud se perdió, ya nadie lee, los jóvenes no tienen cultura” y cosas por el estilo. Hablemos de ustedes, que acusan para sentirse superiores y que han quedado aplastados bajo sus enciclopedias.

Hablemos de ustedes, señores, que no han querido comprender que la única fuente de sabiduría no son El Quijote, En busca del tiempo perdido o la Biblia, y que ser sabios tiene más que ver con la observación y la curiosidad que con saberse de memoria un infinito número de datos. Hablemos de ustedes, que suelen burlarse de todo ese mundo nuevo que desconocen, y esbozan sonrisas sarcásticas en vez de argumentos. Hablemos de que nada de esto tiene que ver con años o edades, sino con actitudes, pues la actitud es la que lleva a la aptitud. Hablemos, también, de que por sus actitudes, gracias a sus actitudes, esos miles de miles de jóvenes que ustedes desprecian saben más y mejores cosas que usted o yo, simplemente porque, en lugar de almacenar, buscan y deciden y hacen.

Hablemos de ellos, sí, que hacen y hacen, que forman bandas de rock o grupos de teatro, que pintan, que hacen cine y escriben, que son capaces de contradecir a sus jefes o a sus padres, pues crecieron más en el diálogo que en la imposición, y desde el diálogo decidieron hacer en sus vidas lo que les nacía, lo que los apasionaba, no lo que tenían que hacer según los dictámenes de los mayores, la tradición o el ramplón dinero. Hablemos de ellos, sí, que son hijos de gente de los 60 que no quiso repetir las viejas fórmulas de la imposición, la moral en blanco y negro y el deber, y por eso, sólo por eso, recibieron un piso de afecto y seguridades que les alcanzó para superar los miedos y atreverse a dudar y a preguntar. Hablemos de ellos, pero, sobre todo, pensemos en ellos.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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