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Cuando el Uribismo todopoderoso de la furia tenía el poder, con el Estado a sus pies y las instituciones dóciles a sus designios monárquicos, el método de control y omnisciencia era la persecución paranoica y secreta en las líneas telefónicas para saber quién era quién, quién era aliado y quien era el traidor, y decretaban la estigmatización de los discursos raros con tendencia social para desviar la atención de la evidente entrega de todos los poderes a sus órdenes.
Toda prueba flagrante contra ellos era tildada de montaje grosero. No había prueba alguna que pudiera nombrarlos o cuestionarlos en la sacralidad de sus designios, aun cuando fuera ridículo negar una prueba con toda la contundencia de lo obvio. Tiempo después de su caída a la vulgaridad del mundo común, donde el poder no tiene la furia directa de una palabra para renombrar la realidad y donde existe la obligación perentoria de llamarse de nuevo candidatos como parroquianos indefensos, tildaron también de tramposo el video traslúcido en que Oscar Iván Zuluaga aparecía con su voz de monja magnánima dando las órdenes del descrédito contra el comité del gobierno en La Habana, henchido de espontaneidad, como ordenando domicilios caseros. Montaron después la pulcra rueda de prensa de su partido infalible junto al también infalible y mañoso abogado de los rabos de paja del Centro Democrático, Jaime Granados, fatigado en la experticia al defender lo indefendible, para imponer la versión surrealista de la falsedad de lo evidente.
Nunca le dieron margen al error. Los errores no existen en el vocabulario mesiánico, el reconocimiento de la fragilidad es imposible en los bandos del absolutismo. Su poder fue inmaculado cuando lo imponían con sus pompas de sombreros y gafas oscuras de misterio y dominio, y su vida en la cotidianidad como aspirantes a la retoma del mando solo es posible desde el victimismo y desde el lloriqueo. Desde el atril son intocables y desde el mundo terrenal son perseguidos y acosados. No hay términos medios en sus concepciones de existencia; esa es la vieja postura del perfeccionismo radical donde suelen gestarse el crimen y el delito como últimos recursos para defender lo que no puede perderse. No hay opción para la derrota, a toda costa, contra todos los frentes, por encima de la ley y el orden y el prestigio y la vergüenza y la palabra y el Estado y sus papeles de estorbo. La ley solo era viable cuando servía como instrumento de sus caprichos, ahora es la oscura “dictadura del terror” que los captura por todos sus excesos.
Con los actuales procesos judiciales en su contra, los mismos que habían estado archivados extrañamente cuando tenían el dominio y la influencia para ocultar diez soles, se declaran en rebeldía y desvían el escándalo a los chivos expiatorios de siempre porque no van a aceptar que un sistema judicial mundano los encierre, a ellos los enviados de Jehová, a ellos, los apóstoles que juraron refundar el país sobre todos los nombres y los cuerpos.