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La historia de María Teresa Garzón tiene los mismos ingredientes de la de muchos colombianos, demasiados: hambre, pobreza, deudas y desesperación. Las diferencias: 78 años de por medio, ceguera parcial debido a una catarata y más de siete meses de atraso en el arriendo.
En las noches, los inquilinos de una casa del barrio Las Ferias, en el occidente de la ciudad, la oyen salir de su habitación, intranquila, angustiada porque el sol saldrá mañana y las penas seguirán ahí, imponentes, infranqueables. Llora. No duerme. Camina un poco más, como para alejar la tristeza, pero ésta le sigue los pasos.
En 2007, también como tantos otros colombianos, acudió a un juez para tutelar el procedimiento que debería remover el blanco velo que nubla sus ojos, le impide trabajar y la tiene al borde del desalojo; después de eso, quién sabe. El juez falló a su favor y, después, la cirugía de “catarata en ojo izquierdo” empezó a diluirse en el tiempo y el papeleo.
Son 15 los años que ha vivido en la habitación de aquella construcción de dos pisos a la que se entra por una angosta y empinada escalera y que al mediodía huele a mar por cuenta de las pescaderías que funcionan en ambos costados de la edificación. Son 10 los años que ha vivido en aquel cuarto sin la compañía de su esposo, quien murió de cáncer. Desde entonces, la señora Garzón vive con su hermano Héctor (74 años), quien es sordo debido a un defecto de nacimiento en uno de sus oídos y también con problemas de visión.
Sin trabajo, no hay dinero. Sin dinero, no hay arriendo. Sin arriendo, no hay casa. Sin casa, quién sabe. Doña Teresa, con el mundo perdido en la bruma de los años, siguió trabajando. Todas las noches salía con su carrito de tintos, los termos bien llenos, y varias cajas de cigarrillos. No pasó mucho tiempo antes de que sus clientes comenzaran a pasarle los billetes falsos que en otros lugares eran rechazados. En medio de la oscuridad de la ceguera, los termos iban desapareciendo en manos de las sombras que compraban por un lado y robaban por el otro. Al final del día, el saldo era en rojo y el arriendo y el hambre seguían ahí. Ya lo dijo un filósofo: “El infierno son los otros”.
Algunos días, la cosa era más crítica que otros. Algunos días, el mundo aparecía de repente en forma de andén. Los años pesan sobre los reflejos y al piso fue a dar doña Teresa con su vida cargada de penas. Hay pocas imágenes más tristes que un viejo golpeado.
Después de dos años de trasteos burocráticos, de firmas, aprobaciones, sellos, consultas, demoras, dilaciones, la cirugía, que debe efectuarse en el hospital de Suba, fue aprobada en septiembre de 2009. “Extracción de catarata más implante de lente intraocular catarata ojo izquierdo”, es el nombre técnico de la dicha. Pero no hay felicidad completa, si acaso ésta existe. El procedimiento fue programado para finales del año pasado, luego para enero y hoy en día está incluido en las cirugías por hacer en marzo. Las deudas siguen acumulándose. Doña Teresa sigue caminando intranquila en las noches.
La Secretaría de Integración Social se comprometió a realizar una visita a la casa donde vive doña Teresa, para prestarles ayuda a ella y a su hermano, ambos adultos mayores. La institución atiende a 35 mil viejitos en comedores comunitarios y tiene programas de asistencia alimentaria y financiera, como bonos que oscilan entre los $120 mil y los $80 mil. Así mismo, la Secretaría de Salud afirmó que va a agilizar la cirugía de doña Teresa para que este recupere la visión y su vida. A la ilusión de que la acojan allí se aferra doña Teresa, cada día más sola, más triste y más final, como hubiera escrito Oswaldo Soriano.