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Los muertos que nacen de los odios no son distintos, no importa en qué lugar del planeta se encuentren ni qué motive la desgracia. Lo siento mientras contemplo las huellas de una tragedia de otros.
Hay lugares llamados a existir para el mundo cuando los toca la muerte. Lugares que nos recuerdan hasta dónde puede llegar la insensatez humana. Es lo primero que pienso parada frente al café y teatro Bataclán en el distrito XI de París, del que nunca había escuchado hasta el 13 de noviembre del año 2015. Y mientras se me meten en el alma los rastros de esa guerra ajena, pienso en esos otros lugares de cuya existencia la mayoría no teníamos noticia y que se quedaron para siempre en la memoria colectiva amarrados a un dolor, a una tragedia, a una masacre: Bojayá, Machuca, Trujillo, Puerto Bello, La Rochela. Rincones olvidados, perdidos en nuestro mapa que comenzaron a existir cuando la muerte se ensañó con ellos.
Pero hoy estoy parada en París frente al número 50 del Boulevard Voltaire (qué paradoja el nombre de la calle). Es un escenario que ahora existe para el mundo como otro testimonio de una guerra sangrienta y sin sentido, como todas, aunque las religiones o ideologías inventen excusas para justificar barbaries. Fue venganza, dijeron algunos y recordaron bombardeos y otras agresiones. Es cierto, imponer por la fuerza, así sea la democracia, no es buena idea y siempre habrá alguien reclamando su justo derecho a responder. Con esa lógica no paramos nunca.
Un candado gigante cierra el café teatro, en donde murieron 89 personas mientras disfrutaban de un concierto de rock. Al frente, unas vallas separan a los transeúntes que se detienen uno tras otro para contemplar el cementerio de flores y velas en que se ha convertido lo que en otra época fue uno de los tantos lugares para pasar el rato en la ciudad luz.
Los mensajes dejados en el lugar vienen en tantos idiomas que el pequeño escenario es un pedacito del mundo y no es necesario conocer cada lengua para entenderlos: “stop la guerre”, dice un texto escrito a mano sobre la bandera tricolor de Francia. Intuyo que otros mensajes, escritos en alemán, ruso, polaco o en esos misteriosos símbolos orientales, dirán algo similar. Alguien dejó una cruz, otro más un juguete de peluche y también un ángel con sus alas desplegadas forma parte del homenaje.
A pesar de estar sobre una calle muy concurrida de la capital francesa, frente al Bataclán circula un silencio extraño. La gente se detiene uno segundos, mira las flores, siente el duelo que es de todos, baja la mirada y sigue su camino.
Alguien ha dejado las fotografías sonrientes de dos de las víctimas. Son jóvenes, él y ella. Los miro y veo en ellos a los nuestros. Nada es distinto. Una vida truncada, un sueño estancado, una familia quebrada como tantas de las nuestras, una sonrisa congelada reclamando desde el más allá. No logro verme distinta, también soy yo la que ríe en esa foto y pienso otra vez que es necesario vernos como iguales sin importar el color de la piel, la religión, el acento de nuestra voz, la orilla ideológica en la que estemos. Sólo si encontramos en la mirada del otro la luz de nuestros propios ojos podremos un día construir un mundo en el que haya espacio para todos.
A lado y lado del Bataclán la vida sigue. Sirven comida oriental en un local cercano, alguien toma café dos metros más allá, los vehículos ruedan, pero en esos pocos metros de fachada, la vida se detiene para recordarnos que es nuestra tarea intentar que paren todas las guerras, la de ellos, la nuestra. La muerte es una sola.