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Una que, se enfatiza, no ha traído resultados claros en reducción del consumo, el cual, en tanto problema de salud pública, es el motivo único de la lucha contra las drogas. No hay nada intrínsecamente malo en los narcóticos, como sí lo hay en la trata de personas y la prostitución infantil, a pesar de muchas desafortunadas comparaciones. De hecho, sólo cuando la drogadicción comenzó a extenderse en las primeras décadas del siglo pasado, fue que se le entendió como amenaza.
Y es precisamente porque el consumo se combate por sus consecuencias, que el balance entre los esfuerzos y los resultados se hace aún más pertinente. No es cualquier cosa que la ONU reporte que entre 1998 y 2008 el consumo de opiáceos subió 34,5%, de los 12,9 millones de adictos hasta los 17,35 millones; que la cocaína lo hizo 27% hasta un total de 17 millones de consumidores y que el cannabis lo hizo 8,5% y ronda los 160 millones de consumidores. ¿Qué hemos hecho, entonces, estos 40 años desde que el presidente estadounidense Richard M. Nixon declaró en 1971 la “guerra contra las drogas”? “El consumo de narcóticos ha asumido las dimensiones de emergencia nacional… el peligro no pasará con el fin de la guerra de Vietnam. Existía antes de Vietnam y existirá después”, enfatizó en su discurso. Los años mostraron que, si bien no le atinó a la estrategia, sí a la predicción.
El reporte de la Comisión, a pesar de sus limitantes, es importante porque, esencialmente, reabre el debate dándole a la prevención del consumo el protagonismo que merece. “De antemano le damos la bienvenida a este nuevo enfoque, porque tenemos la autoridad moral, como ningún otro país, para participar en esa discusión global”, dijo, por nosotros, el presidente Juan Manuel Santos. Y también por nosotros habló el expresidente Gaviria, por los mexicanos el expresidente Zedillo y por los brasileños el expresidente Cardoso. El costo en vidas que ha pagado Latinoamérica por cuenta de la guerra contra las drogas ha creado, sin duda, el derecho a pedir que se experimente con otros modelos, más específicamente “con modelos legales de regulación”. Idea que se funda no sólo en el afianzamiento del respeto a la libertad individual, pilar de las democracias occidentales —Holanda, Portugal y Australia llegan como ejemplos—, sino en la idea de reducir los precios de la cocaína y la heroína, inflados al 800% por la prohibición, para frenar así la financiación de la criminalidad mundial y concentrar los esfuerzos en la más humana —y seguramente más efectiva— prevención al consumo.
Un detalle, sin embargo, se le ha pasado a la Comisión: ¿Y China? No sin razón los reparos se dirigen al país que, en lugar de frenar su demanda, nos embarcó en la “responsabilidad compartida”. Pero ya no son los 70. EE.UU. no es el único gran jugador. Y para que la despenalización realmente funcione —la intención sí es ir más allá de la marihuana—, se tiene que comenzar a pensar en todos los grandes. No quiere esto decir que los esfuerzos sean vanos, pero sí que tenemos que dejar de pensar que el mundo se acaba con el país del norte y que sólo de su decisión depende todo. Conviene poco olvidar que China se fue a dos guerras por el opio y que en 1987, cuando la ONU anunció que el 26 de junio sería el Día Mundial de la Lucha contra la Droga, su gobierno ejecutó públicamente a cerca de 80 narcotraficantes como celebración.