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Bisiesto

Lorenzo Madrigal
28 de febrero de 2016 – 09:00 p. m.

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29 de febrero. Tal cual, bisiesto.

Dicen que de mala suerte. Personalmente no he sido el más optimista; odio la tontería de la energía positiva. La negativa me permite equivocarme menos. Lo que puede salir mal, sale mal, es ley de Murphy, que a mí me ha funcionado a la perfección.

Pero no, tras de pesimista, año bisiesto, ya es demasiado. Haré un esfuerzo por pensar en positivo. Quiero ilusionarme y dejarme llevar por la placidez de una mañana somnolienta bajo un sol sin agua y entregarme a “la dormida anemia de las mañanas cálidas”, que bellamente describió el poeta Gil Sánchez, mi primo piedracielista.

Todo saldrá bien. Llegada la fecha del 23 de marzo, en La Habana, como en la Villa del Rosario, nacerá una nueva República de paz, a cualquier costo: Obama y Kerry, demorados un día más en Cuba, se inclinan hacia nuestros líderes, de talla inferior, Santos, Cristo, Roy, Benedetti; los invitados especiales, de la izquierda todos, menos Robledo; los del diario oficial, y, bueno, otros, Íngrid Betancourt, Clarita López, tal vez Caterine Ibargüen. La Habana en pleno, a Fidel lo excusaron; Raúl con las manos dispuestas a abrochar dedos para los acuerdos; Roy Chaderton, corpulento, atendiendo el servicio del Havana Club; un clérigo vestido con ribetes morados pregunta despistado si no hay posibilidades de que el papa Francisco caiga de improviso.

En una esquina, tímido, con sonrisa entre maliciosa y bonachona, como de quien no se enteró de nada durante el conflicto, Timoleón, el gran jefe, el de los discursos grecoquindianos, con hojas de plátano al fondo que hacían ver como selva profunda algún lugar del llano venezolano, sin morichales que delataran la pantomima y no pareciera la finca de Rodríguez Chacín.

No asisten Uribe, ni Clinton (ni él ni ella), esta vez no se ve a Pastrana, ni a Bush. Bueno, esto es Cuba, se me olvidaba. En un costado, cerca de la ventana, en perfecto cubano sin acento, dialoga un tal Marco Rubio. Un chiit de Antonio Navarro los calla (“tállense”). Todos aplauden cuando un pergamino se alcanza a ver en la mesa de los negociadores, a donde ya han llevado a Timoleón, rojo de la pena y del calor.

La firma, el Mont Blanc del presidente pasa a manos de Timochenko. Raúl aprisiona varias manos y por error toma las de Kerry, quien se zafa bruscamente. Es la apoteosis de la Revolución cubana. Se reparten escuditos del Che, pero la mayoría no se quita la palomita de jabones Dove, que adorna las solapas del presidente de Colombia.

Santrich, ay, Santrich, agarra la mano huesuda de Obama y no duda que es él, cuando escucha el ronco Thank you de su voz de jazz. Lo invita, sin ironía, a las 50 locaciones independientes que la guerrilla desmovilizada instalará en el territorio colombiano: “Si pudo visitar Cuba, puede visitarnos allí”, le dice, sacudiendo una bufanda. “Thank you”, repite el mandatario. En la furia de Kerry advierto que reverberan sus ojos azules.

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