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La antipolítica autoritaria

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La antipolítica que recorre el mundo no se parece a la que conocimos en Bogotá y Medellín con Antanas Mockus y Sergio Fajardo.

Esa proponía combatir la corrupción y la politiquería creando instituciones, educando a largo plazo, combatiendo la cultura del atajo, respetando la ley, cultivando el optimismo cívico, fortaleciendo el Estado. La actual es populista, rabiosa, antiestatal, ligera, vulgar.

David Brooks la describe en el New York Times (http://goo.gl/yBx3oX) como de personas que “sufren una forma de narcisismo político, que no aceptan la legitimidad de otros intereses y opiniones. No reconocen límites. Quieren victorias totales para ellos y sus doctrinas”. Sostiene que “hay esencialmente dos maneras de mantener el orden y lograr que las cosas se hagan, en una sociedad —la política o alguna forma de dictadura—. O a través de acuerdos, o de fuerza bruta. Nuestros padres fundadores escogieron la política”. Y agrega: “el inconveniente de la política es que realmente la gente nunca consigue todo lo que quiere. Es desordenada, limitada y ningún tema queda realmente solucionado. La política es una actividad farragosa en que la gente tiene que reconocer limitaciones y aceptar menos de lo que quiere. La decepción es normal. Pero esa es la belleza de la política. Además, es mejor que la alternativa: el gobierno por un tirano autoritario…”.

De tanto cultivar irresponsablemente la política del resentimiento mediante la antipolítica para golpear a Barack Obama, el Tea Party terminó convirtiéndola en la avenida por la que se coló Donald Trump mediante el populismo. Estudios demuestran que el factor que mejor predice el apoyo de los ciudadanos a Trump es la tendencia al autoritarismo. Y como dice el conductor de radio latina en Los Angeles, Ricardo Sánchez: “un presidente como Trump sería como entregarle una pistola cargada a un mico”.

En Colombia hay un fenómeno creciente de antipolítica que comparte el antiterrorismo desbocado de Trump, pero que es movido también por los problemas de la justicia, la corrupción y en general por la debilidad de las instituciones. En lugar de fortalecer esas instituciones, la antipolítica predica castigarlas. En vez de cambiar la cultura autoritaria por una más democrática, la antipolítica la profundiza. Descalifica la dinámica parlamentaria como “mermelada”, y tergiversa como “entregarles el país” conseguir que las Farc dejen las armas y se sometan a las obligaciones de la democracia.

Lo grave es que por sus tendencias autoritarias coinciden en el fenómeno antipolítico tanto la derecha como la izquierda radicales. A falta, por ahora, de un candidato presidencial viable —de su Trump— o de partido con vocación mayoritaria, ambos extremos están empecinados en desprestigiar la frágil estabilidad institucional para obligar a “voltear la mesa” mediante una Constituyente. Pretenden reformar la democrática Constitución del 91 con fórmulas autoritarias de corte latinoamericano. El uribismo tiene poca autoridad para exigir Constituyente ahora, cuando entre 2002 y 2006 tuvo una esquiva oportunidad histórica por haber derrotado al bipartidismo, y en lugar de impulsar reformas de fondo prefirió pactar un referendo inane y su reelección presidencial.

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