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El suizo Joseph Blatter, máximo dirigente del fútbol mundial desde 1998, dio ayer una nueva muestra de su poder: superó su momento más comprometido al frente de la FIFA y recibió, con una muy mínima oposición, el apoyo mayoritario para iniciar un cuarto mandato.
Con 75 años recién cumplidos, Blatter demostró su fuerza en una organización a la que pertenece desde hace 36 años y en la que ha sabido manejar profundas crisis de credibilidad, como esta última (por las denuncias sobre supuesta compra de votos para la elección de las sedes de los mundiales de 2018 y 2022), que ha dejado en el camino al catarí Mohamed bin Hamman, el único que estuvo dispuesto a enfrentarse a él en estas elecciones.
Octavo presidente de la FIFA, el suizo llegó a la presidencia el 8 de junio de 1998, como sucesor del brasileño Joao Havelange, quien la dirigió durante 23 años. La experiencia junto a éste y los 36 años que lleva en la entidad lo han convertido en uno de los directivos más influyentes del deporte, pues desde 1999 es además miembro del Comité Olímpico Internacional (COI).
Futbolista aficionado, entrenador, atleta y licenciado en Economía y Administración de Empresas de la Universidad de Lausana, con grado de coronel del ejército suizo, Sepp, como le dicen sus amigos, cumplió 75 años el 10 de marzo pasado, y sin duda sigue muy campante.
Gran diplomático y dominador de cinco idiomas (inglés, francés, español, alemán e italiano), Blatter inició su carrera profesional en 1959 en la Oficina de Turismo de Valais, su región natal, y pasó luego a la secretaría general de la Federación Suiza de Hockey en Hielo y el ejercicio del periodismo deportivo.
Estuvo en el equipo de relaciones públicas de la marca Longines y fue director de Sports Timing , cargo en el que participó en la organización de los Juegos Olímpicos de Munich 1972 y Montreal 1976.
En verano de 1975 tuvo su primer contacto con la FIFA tras la llegada a la presidencia de Joao Havelange. En poco tiempo logró su confianza y en 1981 el brasileño lo designó secretario general.
Aunque pensaba salir del organismo junto a Havelange en 1998, varias federaciones le animaron a optar a la presidencia contra el sueco Lennart Johansson, entonces presidente de la UEFA, al que ganó con facilidad.
Antes de ser reelegido ayer en Zurich, Blatter había superado momentos difíciles y otras dos elecciones. La primera, en vísperas del Mundial de 2002 en Seúl, inmersa en otra enorme polémica en la que chocó con la oposición de cinco de sus vicepresidentes.
Esta la inició quien hasta entonces fuera su hombre de confianza, el secretario general, Michel Zen-Ruffinen —declarado recientemente persona non grata para la FIFA tras el escándalo creado por la elección de los Mundiales de 2018 y 2022—, que le acusó de corrupción.
Blatter respondió con autoridad en las urnas y conservó la presidencia con 139 votos de los 197 posibles, frente a los 56 de su único rival, el camerunés Issa Hayatou, aún vicepresidente.
El resultado le permitió gobernar sin oposición, retrasar un año la fecha de las siguientes elecciones para no coincidir con el Mundial de Alemania 2006 e iniciar en 2007 su tercer mandato.
El éxito de su arriesgada apuesta por Sudáfrica para el Mundial de 2010 y el crecimiento y la solvencia de la FIFA frente a la crisis económica mantuvieron calladas las pocas voces discordantes hasta la elección de las sedes de los Mundiales de 2018 y 2022.
Las sospechas de corrupción sobre los que debían votar, aireadas por la prensa inglesa, llevaron a la suspensión de dos miembros del Comité Ejecutivo, que optó por Rusia y Qatar en desprecio a países como Inglaterra, España/Portugal o Estados Unidos y en clara opción por un Mundial con más peso del dinero que del fútbol.
Hace dos meses Blatter conoció que el catarí Mohamed bin Hammam, hombre fuerte de Qatar 2022 y miembro del Ejecutivo de la FIFA, se atrevía a pugnar con él por la presidencia.
Tras una campaña electoral normal en apariencia, el Comité Ético de la FIFA suspendió provisionalmente a Bin Hammam hace tres días, ante la denuncia de otro integrante del Ejecutivo, el estadounidense Chuck Blazer, por posible compra de votos del catarí.
Bin Hammam pidió que se investigara también a Blatter por no hacer nada para evitar posibles sobornos, pero el Comité Ético, creado por el propio Blatter, no encontró evidencias de ello.
Su cuarto mandato acaba de empezar y ya tomó la primera gran decisión. A partir de ahora será el congreso de la FIFA el encargado de la designación de las sedes de los Mundiales, en lugar del Comité Ejecutivo.
Blatter ‘late’ echado, y cortó así de raíz el tema de las denuncias por corrupción. Ahora a disfrutar de su reinado al menos durante cuatro años más.