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O nos ajustamos, o nos ajustan

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En el campo económico las noticias no son buenas.

El Gobierno, sobre la base de un dólar a 2.500 pesos y un barril de petróleo a más de 60 dólares, calculó un hueco fiscal de 30 billones de pesos. A los precios actuales del crudo y una tasa de cambio fluctuando entre los 3.300 y 3.500 pesos, dicho hueco puede llegar a ser entre 40 y 50 billones de pesos.

Para paliar este desfase, con bombos y platillos el Ministerio de Hacienda anunció una disminución de gastos por seis billones de pesos. El Gobierno, según lo ha manifestado en diversas oportunidades, asume que el hueco fiscal se soluciona con el recorte en las erogaciones; con el aumento de la inversión extranjera; y con el mayor endeudamiento externo. Con el perdón de las autoridades, creo que se equivocan en las tres apreciaciones.

En primer lugar, el recorte del gasto de seis billones no es significativo. Guillermo Perry, en su columna en El Tiempo del pasado domingo, nos recuerda que lo que está pasando hoy tiene preocupantes similitudes con lo que ocurrió a finales de los noventa: “Las agencias de calificación de riesgo comenzaron a advertir en 1997 la necesidad de controlar el déficit. Como eso no se logró, retiraron el grado de inversión en 1999, justo cuando la crisis rusa de 1998 complicó el acceso al financiamiento externo para muchos países. Colombia lo perdió del todo, tuvo que acudir al Fondo Monetario y se precipitó a una recesión aguda. Tuvimos una contracción de 4,5% del PIB, la mayor en 50 años. Santos tuvo que afrontar esa crisis como ministro de Hacienda. Debería recordarlo.” El representante de la agencia calificadora de riesgo, Standard & Poor’s afirmó que el gobierno está viviendo de ingresos que no tiene.

En segundo lugar, la apuesta del Gobierno es que, una vez se firme la paz, ríos de inversión se van a materializar. Tristemente lo que está ocurriendo es lo contrario: no sólo no hay inversión, sino que hay desinversión (Ripley, Citi, petroleras, mineras). No nos vamos a cansar de repetir en esta columna que la inversión tiene muy poco que ver con que haya o no haya paz, y casi todo con que haya o no haya rentabilidad. Mientras el Gobierno no disminuya la carga fiscal empresarial, e insista en gravar los dividendos reduciendo los márgenes de utilidad, no va a haber nueva inversión.

En tercer lugar, el Gobierno no parece darse cuenta que una de las consecuencias inmediatas de la reducción en la calificación de riesgo es el encarecimiento de la deuda externa. Simultáneamente, los acreedores, que por definición exigen que los emisores de deuda tengan una mínima calificación de riesgo, van a desaparecer. El Ministerio puede ver que su acceso a la financiación externa va a estar seriamente comprometida.

Al Gobierno le llegó la hora de rectificar y aceptar que ni estamos blindados, ni que la turbulencia de los mercados no nos afecta. La disyuntiva es simple: o no ajustamos, o los mercados nos ajustan.

El retraso que sufren los aviones para aterrizar en las tardes en Bogotá desde destinos nacionales puede estar entre tres y cinco horas. Uno no puede creer que ocho años después de haber entregado el aeropuerto en concesión no se hayan materializado las inversiones en mejorar los flujos de aterrizaje. La sensación de los pasajeros encerrados en un avión durante horas esperando aterrizar es que la incompetencia y desidia de los concesionarios y de los funcionarios del ramo no tiene límites. Es un ‘Himno a la ineptitud y la imprevisión’.

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