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Lecciones del caso Vicky Dávila

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Sobre la botada de Vicky Dávila de La FM podemos hacer varias reflexiones acerca de la moral y el periodismo colombianos.

La primera es que Colombia sigue siendo una sociedad tan pacata que un “hueso” recalentado, como el video que le costó la cabeza, ¡puede excitar a una periodista y al país entero! La segunda, recordar que el presentador es un animal diferente al periodista. El presentador lee bien, tiene buena pinta, no tiene tics ni se rasca nada ante las cámaras y, llegado el momento, puede improvisar algunas líneas mientras los técnicos sortean un bache. El buen periodista tiene ideas propias. Con ellas moldea un criterio y sobre éste cimenta su carácter, una fuerza que respetan hasta los jefes de redacción más obtusos.

Vicky Dávila fue una presentadora tan exitosa que sus jefes, y ella misma, pensaron que podía ser periodista. Y se equivocaron todos, especialmente sus jefes. El periodismo no requiere genialidad (los columnistas somos la mejor prueba), no exige cualidades innatas ni dones infusos. Es un quehacer que se aprende, como todo. Pero cuando se aprende mal, no hay remedio posible. Me explico.

Hasta finales del siglo pasado, los medios colombianos estuvieron en manos de los partidos y tenían por tanto un marcado sesgo político. En realidad no era un sesgo, era una línea editorial declarada. Los periódicos, por ejemplo, eran órganos partidistas. Militantes.

Luego la cosa empeoró. Los grupos económicos aumentaron su participación accionaria en los medios, hasta el punto de que hoy los controlan casi totalmente. Es por esto que ahora son mucho más numerosos los conflictos de intereses de los medios. Están enredados en lo económico, esa variable que lo atraviesa todo.

Aunque a ningún medio de información le conviene la batuta de un grupo económico, es justo reconocer que ciertos grupos son peores editores que otros. Hay cacaos que solo intervienen en los consejos de redacción cuando les pisan un callo muy sensible, digamos un banco, y hay otros que quieren intervenir en todo. Son cacaos “periodistas”, digámoslo así. Los hay progresistas y los hay demasiado conservadores. Pero los peores son los que tienen un portafolio muy diversificado, circunstancia que complica el cuadro y aumenta el número de callos.

Alguien dijo que hay dos caminos a tomar en la dirección de proyectos: contratar a los mejores y dejarlos hacer lo que saben hacer, o contratar a los más baratos y ordenarles que hagan lo que uno quiere. Los malos medios de comunicación siguen siempre la segunda estrategia, que es exactamente la del cacao “periodista”.

En Dávila confluyeron los vientos de una “tormenta perfecta”, para usar este potente oxímoron. Era esencialmente una presentadora, tuvo demasiado éxito y su escuela no fue la mejor. RCN es una empresa partidista y confesional, como las de hace 70 años. En una escuela así, es imposible que el aprendiz adquiera una buena formación.

Y vino el colapso. Su investigación contra Palomino y “La comunidad del anillo” no iba para ningún lado. Quería tumbar un personaje, como hace Coronell cada rato. Estaba trabajando bajo presión. Tenía que mostrar resultados y creyó, con un error de criterio fatal, que el deplorable video del viceministro Ferro apoyaba su tesis.

Los medios exitosos tienen claro que dependen de la pauta, que la pauta depende del rating y el rating de la credibilidad, es decir, de la confianza que el medio inspira en el auditorio. Entonces se la juegan por la buena información, así haya que pasar por encima de las filias o las fobias del propietario, un señor que, si es sensato, acepta que su negocio es la información, no las cartillas ni las proclamas.

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