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Después de más de un año de obras, de martillar, taladrar, remover y asfaltar, la carrera 10ª avanza hoy hacia una suerte de remodelación por cuenta de los trabajos de adecuación al sistema de transporte masivo Transmilenio.
Pero toda intervención tiene sus costos, un incómodo tributo que deben pagar vecinos y transeúntes. Las obras de la 10ª ciertamente traerán beneficios, como la valorización de los predios, cuando hayan concluido. Sin embargo, mientras son completadas se han convertido en una suerte de suplicio que viene en formas variadas, como cortes interminables en los servicios públicos, trancones hasta donde llega el horizonte y la práctica imposibilidad de cruzar de una acera a otra.
Antes de pedir la voz oficial al respecto, las respuestas predecibles ante un mal necesario, El Espectador recorrió la zona para presentar estas imágenes del caos del progreso.