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Historia de la pubertad

Juan David Ochoa
26 de febrero de 2016 – 09:00 p. m.

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No son suficientes los ojos para constatar lo que sucede en el país de los sucesos drásticos.

Tampoco es suficiente el lenguaje para nombrar lo que la misma realidad ha superado sobre las palabras del espanto. Está descartada la lógica, también, para seguir la pauta del desciframiento en una historia de mutaciones continuas en todos los bandos ideológicos. Las traiciones mutuas se dan como se dan los besos. La rabia liberada estalla cada vez que hay un pretexto para expulsar la pólvora de los instintos sin matiz, sin filtros, sin regulaciones. Una constante permanente de esperpentos no puede narrarse en una prosa draconiana si se quiere alcanzar el estatus real de los escándalos.

Estamos aquí, acostumbrados a la costumbre de concebirnos reales en una hilera temporal de bombazos que nos hicieron sordos también a la estridencia; lanzados a la esquizofrenia de pretender entender lo inaudito; atados a la tozudez patológica de creer que puede insistirse en derrumbar todo el runrún de un egoísmo primario, en hacerlo primer mundista, en convertirlo repentinamente en virtud.

Sobre todos los desmanes que se arrebatan el país desde todos los ángulos, puede entenderse a Colombia como lo que es en su significación más básica; un país apenas naciente y apenas real. Sus bases constitucionales son papeles apenas redactados en la pretensión de lenguajes históricos sin interlocutores prácticos. Sus Leyes han sido defendidas por esnobistas de un Deber Ser no introyectado, y cumplidas por subordinados de una idea confusa, como un dogma imbatible. La pubertad de las naciones concibe lo real como una abstracción plástica que puede ejercerse de acuerdo al capricho, como lo hace permanentemente la adolescencia humana, es natural. Es la misma aceptación y el mismo juego de quien aprende a vivir improvisando en los peligros de la ingenuidad y en el asombro irresponsable.

Tal vez el horror en Colombia no sea realmente un horror. Los errores de la pubertad no pueden ser tan elevados para tildarlos de espanto, en eso me retracto, podría ser un error que, aunque lleve muertos y masacres en sus ríos de histeria, sigue siendo el desastre de una edad carente de talento y de conciencia para pensarse en el mundo y para sostenerse en un ritmo de pasos confiados. Podría ser la única forma y el único argumento de entender lo inaudito, de aceptar lo inefable, de concebir lo escandaloso.
Podrían faltar algunos siglos para aprender a modular leyes interiorizadas y conceptos reales de coherencia.

No son suficientes los ojos aun para estar aquí. Hay que leer entre líneas mientras rompemos la placenta de la minoría de edad y nos sabemos mayores con las luces de esa otra cuestión trascendental que nos vendrá cuando aprendamos a pronunciar la palabra Ciudadanos: el objetivo y el sentido de todo lo que existe y lo que somos.
 

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