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No se sabe quién es más parecido al bobito Simón: si yo por creer que podemos recuperar lo poco que dejamos del Magdalena o los gobernantes que se han hecho los tontos con la verdadera solución: reforestación inmediata e intensiva de cuencas mediante acciones que nos involucren a todos.
Nuestros impuestos, engullidos por las Corporaciones, por el Gobierno, por los empresarios —nacionales o chinos—, han alimentado análisis de navegabilidad, de factibilidad, de ambientabilidad, de dragabilidad, de pescabilidad, de embalsabilidad y de robabilidad. Y no ha pasado mucho más. Digamos apenas que se acabó con la subienda y se transformó una selva con fauna y floras cuya riqueza es irremplazable en un desierto yermo, como se constata desde el aire al recorrer la cuenca del Magdalena.
Hace unos días visitamos el museo del río Magdalena en Honda, recién restaurado, pedagógico y bonito. Mientras los pescadores en la tienda vecina se quejaban justamente de que la subienda por aquí no pasó este año (en el río hubo inclusive manatíes), los visitantes nos lamentábamos al ver la agonía de este río, de esta arteria esencial que tanto nos ha dado de comer y de beber. Si no hacemos algo, apenas quedará el Museo: la nostalgia rencorosa de lo que pudo haber sido la médula del país y el oprobio de haberla secado hasta los tuétanos. Los cobardes dicen y dirán que eso fue el Niño.
Y no es que falten las leyes. La protección está declarada en la Constitución; sus desarrollos son claros, precisos y preciosos, pero no se han aplicado. La zona de protección (entre 100 y 30 metros) en las orillas de todas nuestras fuentes y torrentes, de miles de quebradas y arroyos cristalinos, ha sido violentada sistemáticamente por las Corporaciones, la agroindustria, los dueños de los predios y otras bestias. En el Magdalena a duras penas dejamos tres chamizos en la orilla. La mitad de las selvas se volvieron humo en buques de vapor (cuando todavía podían navegar) y la otra mitad fue malvendida por madera o despejada para la ganadería en esa inveterada obsesión nacional por los cuadrúpedos.
Si no conocemos esa ley natural fundamental del agua, la de proteger la cobertura boscosa que la produce y la conserva, ¿para qué tanta legislación en el papel y tantas densas babas?
Yo de bobo propongo que, una vez declarada la emergencia hídrica nacional, emprendamos en la realidad física cotidiana unas brigadas de reforestación que involucren al Gobierno, los legisladores, el Ejército, los desmovilizados, los estudiantes, los pescadores, los bomberos, los viveros, las amas de casa, los campesinos, los hacendados, las universidades, los jardines botánicos, las comunidades y los institutos. A ver si entre unos cuantos resarcimos los estragos. El río no aguanta más soluciones de papel, ni estudio tras estudio. Aquí la cosa es manos a la obra. Si cada uno de los colombianos en edad de sembrar sembrara un árbol, ya no habría que hacerle caso al finado candidato Goyeneche que aconsejaba, visionario, pavimentar el Magdalena.