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Entre la suficiencia y la necesidad

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Quiéranlo o no, los británicos de cada generación tienen que pensar en uno u otro momento de su vida en la conveniencia de acercarse o alejarse de Europa.

El mar les sirve en todo caso para ambas cosas. Lo han comprobado a lo largo de una larga historia de encuentros y desencuentros, dentro de la dinámica de un continente que, sea para unirse a ellos o para contradecirlos, no ha podido, ni podrá, dejar de tener en cuenta a los habitantes de unas islas que han sido protagónicas más allá de todas las fronteras.

Cuando les ha convenido, ingleses, escoceses, galeses y aún los habitantes de Irlanda del Norte, han guardado frente al resto de Europa prudente distancia. También cuando les ha convenido se han metido tierra adentro en el continente. Lo han hecho para defender sus intereses, por la fuerza de las armas o la de su capacidad mercantil, tomando siempre parte en la discusión sobre todas esas cosas que los europeos han construido, con invenciones geniales o errores imperdonables, con la intención de interpretar el mundo, hasta configurar una civilización común.

El advenimiento de la Unión Europea, desde sus rudimentos hasta la versión avanzada de un sistema que pretende unificar muchas cosas y trasladar a instancias comunitarias asuntos que antes correspondían a autoridades regionales o locales, ha puesto constantemente a prueba los intereses y el temperamento de una nación un poco más dispuesta a disfrutar del aislamiento que a sufrirlo. De ahí que desde un principio los británicos consideraron que no cabían exactamente dentro de las reglas de la futura Unión y consiguieron mantenerse a un lado, entre otros, en dos temas sensibles, como la unión monetaria y la comunidad fronteriza, en forma tal que mantuvieron su Libra Esterlina y no entraron a formar parte de los acuerdos de Schengen.

Con el paso del tiempo, y con la incorporación, por razones políticas y estratégicas, de unos cuántos países de menor desarrollo, provenientes en su mayoría del antiguo campo comunista, la “perspectiva europea” de los británicos llegó al punto de fatiga. Esa es la razón de la promesa del actual Primer Ministro, en su última campaña, en el sentido de consultar si los británicos quieren seguir o no en el seno de la Unión Europea. Para cumplir su promesa envió primero a Bruselas un mensaje con una serie de solicitudes, susceptibles de negociación. Luego se encerró con los demás jefes de gobierno y luego de negociar noche y día obtuvo un acuerdo de nuevas condiciones de pertenencia de la Gran Bretaña a la Unión Europea. Ya explicó el arreglo a su Gabinete y acaba de convocar, para el 23 de junio, a un referendo sobre la permanencia o el retiro británico de la Unión.

Ahora Cameron es el campeón de la causa de permanecer. Además, como actor principal en esta época de política – espectáculo, comunicaciones intensas y ejercicio del gobierno con alta dosis de propaganda, le ha dado al asunto dimensiones dramáticas al señalar que sus conciudadanos están ante una de las decisiones cruciales de su existencia, de esas que se toman “una vez en la vida”. Ahí están otra vez en palestra los euroescépticos, los “eurófilos” y los oportunistas, que siempre aparecen en estas ocasiones para sacar provecho de la situación en beneficio de su proyecto personal. A mismo tiempo comienza a ser evidente que una cosa es haber negociado exitosamente con veintisiete pares gobernantes las condiciones para evitar el “brexit” y otra aún mucho más difícil será convencer a los británicos de que los acuerdos obtenidos son convenientes. Porque para muchos es poca cosa haber conseguido mantener un status especial para el centro financiero de Londres en materia monetaria, la limitación de los beneficios de seguridad social para residentes europeos en el Reino Unido, que suman millones, o la excepción de Gran Bretaña frente a la obligación general de buscar una unión cada vez más intensa.

Boris Johnson, el flamante alcalde de la capital británica y pretendiente de un liderazgo nacional, hace ya campaña en contra de lo acordado por el Primer Ministro, pues cree que se pueden obtener ventajas adicionales. Los escoceses han reiterado su interés en permanecer dentro de la Unión Europea. El griego Yanis Varufakis, ahora líder de un movimiento “por una Europa democrática sin el yugo de la austeridad”, ha dicho que los británicos se deben quedar para no romper la unidad y luchar contra la burocracia y las falencias democráticas de la Unión.

Hay británicos que cruzan el canal para ir a Francia, Grecia o España, y algunos tratan de pasar por italianos refinados en la Toscana. Otros consideran que Europa es un lastre que impide el avance de ellos hacia un destino mejor. Para no hablar de los que menosprecian o ignoran deliberadamente al resto del mundo, como si el imperio aún existiera. Todos ellos se manifestarán en el referendo. Para el destino de Europa sería deseable que se queden, aún bajo condiciones especiales. Porque la Unión sería menos fuerte y menos creíble, además de susceptible de rupturas adicionales, si se van los británicos. Aunque siempre quedarán las ataduras de fondo entre ellos y los demás europeos, gracias a contribuciones como las de Shakespeare, Newton, Nelson, Wellington, Darwin, Dickens, Smith, Turner, Engels, Bell, Faraday, Churchill, los Beatles y Hawking.
 

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